Gigantes y Cabezudos

 Contemplaba anoche ensimismado las miradas de ilusión, sorpresa, asombro…,  que reflejaban los rostros de los niños durante el desfile de gigantes y cabezudos, y vi  pasar entre ellas mi infancia mientras pensaba en los momentos de la vida que el paso del tiempo no sólo no borra sino que, como es mi  realidad, cuando raspamos ya el medio siglo de existencia resurgen como si las hubiésemos vivido ayer.

  Para los niños de mi generación, la llegada de la feria se identificaba con el prematuro deseo de subirse en los “cacharritos” y la ilusión que causaba en las pueriles mentes ver desfilar aquellos gigantones – reyes cristianos o moros- y su desarropada escolta de cabezudos acompañados por la Banda de Música. Tal era la atracción que ejercía la contemplación del rítmico movimiento de los corpulentos seres de cartón piedra que, ni cuando ya siendo más mayores descubrimos el secreto de que éstos no andaban solos, sino que eran dos hombres los que los portaban bajos sus coloridas ropas, perdíamos la ilusión de contemplarlos todos los años.      

 Resulta placentero comprobar cómo hay huellas en la memoria que perduran imborrables, y cómo estos pequeños episodios de nuestras vidas permanecen indelebles y se reavivan cada 5 de agosto, como si el tiempo se hubiese varado en la orilla de la década de 1960. Estas vivencias, que creo compartidas con muchos aguilarenses, justifican sobradamente el mantener la costumbre de pasear por nuestras calles,  bajo el riguroso calor del verano agosteño, tan celebérrimo cortejo.

 Junto a la cabalgata de  cabezudos, la víspera de feria se recrea en mis recuerdos con otro escenario no menos costumbrista y tradicional en estas fechas, como era el despertar del día 6 de agosto a los sones de las marchas que interpretaba la Banda de Música, con el recordado maestro Valero al frente,  en su anual pasacalles de la Diana. 

Esta emoción no la he revivido en la mañana del 6 de agosto del 2010. Culpaba de ello a que la edad no perdona y el sueño podía haberme vencido hasta el extremo de no alterarse por las rítmicas melodías. Comentándolo con un amigo,  éste me revelaba la realidad del hecho, como es que tan tradicional acto se había caído del programa de feria, aseveración que he podido corroborar rápidamente al consultar la revista editada.

 Desconozco las razones que han motivado esta circunstancia, y en que medida el Ayuntamiento ha sido permisivo con ello, pero  creo que, junto a los Gigantes y Cabezudos, la Diana es una de las señas de identidad de la feria que deberíamos preservar para el deleite de generaciones actuales y venideras. 

 Antonio Maestre Ballesteros                       

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