Cambiar el rumbo de la historia

Se aproxima el día en el que una sentencia política cierre definitivamente el portalón del viejo “asilo” de Aguilar, poniendo fin a más de cuatro siglos de servicio a los necesitados y menesterosos, emplazados desde tan remotos tiempos en la ermita de la Veracruz .

  Ante el inevitable destino de este emblemático inmueble, que culminará con su desaparición en fechas próximas, considero interesante resumir brevemente su larga trayectoria vital, en el transcurso de la cual ha constituido el valuarte más significativo de la ayuda a los desvalidos en nuestro pueblo. La solidaridad, entendida a lo largo del tiempo bajo conceptos tan diversos como la caridad cristiana o la defensa del derecho de los pobres, sustenta los cimientos de la centenaria construcción, mientras sus robustos muros guardan y custodian las mil y una historias protagonizadas por las personas que lo habitaron a lo largo del tiempo. Cada una de ellas dejó un sello indeleble que constituye el alma del edificio. 

 Si sus piedras hablasen contarían que ya en la última década el siglo XVI, cuando la ermita estaba aún inconclusa y alejada del casco urbano, fue asiento de un hospital de pestilentes por el contagio que asoló toda Europa, y a cuyas víctimas se sumaron muchos nativos de la localidad. Nos relatarían las vicisitudes que determinaron, en los años centrales del siglo XVII, que la Virgen de los Remedios se refugiarse en la ermita de San Roque, dejando libre la iglesia para la enfermería de apestados, ante los estragos que produjo en Aguilar la peste bubónica que se padeció en 1649-1650.

 Nos describirían la llegada de los frailes de la Orden de San José para atender a los afectados por el cólera morbo y viruelas durante la década de 1870. De cómo esos mismos frailes, superada la crisis sanitaria, crearon en este lugar el primer asilo de ancianos con el material de acarreo proveniente del desaparecido convento de las Coronadas. O cómo, en 1898,  arribaban a este pueblo las primeras mojas de los Ancianitos Desamparados que proyectaron su asistencia a los asilados hasta 1974, y cómo, tras un paréntesis de varios años sin actividad, volvió a reabrir sus puertas con el impulso de un grupo de voluntarias y el apoyo de un alcalde valiente.

  Con el cierre del “asilo” se abate también el legado afectivo que resuma sus paredes y determina su imperturbable carácter asistencial: silencios compartidos, penas contagiadas, amores escondidos, oraciones trasnochadas…., sentimientos, en definitiva, que surcaron y quedaron para siempre en un espacio donde el tiempo se hizo eternidad y la ayuda al necesitado su causa y razón de ser . Su destrucción supondrá algo más que la desaparición de un edificio de interés. Será el cerrojazo a una larga trayectoria de solidaridad. El punto final a una tarea que encumbraba al ser humano y hacía más estimable la gestión del político.

  Desaparece un bien social de la comunidad en pos de la sumisión al interés del capital privado. Pronto tendremos muchos excluidos de las listas de dependientes de la Junta de Andalucía que no puedan, con sus raquíticas pensiones, acceder a las residencias privadas. Ellos serán los nuevos exclusos de una Sociedad en la que la crisis justifica y agudiza la merma de la ayuda social a las personas mayores, induciéndolas al abismo de la indigencia que, en otros tiempos, hizo necesaria la existencia de establecimientos como el que se va a derruir.

 Vendrá un tiempo no muy lejano en el que exclamaremos, ¡Cuántos dineros se tiraron en arreglos (desarreglos) de llanos!, ¡cuántos en desescombrar piedras del castillo!,  y ¡cuánto bien podríamos haber hecho si esos recursos lo hubiésemos dedicado a renovar el edificio que fue bastión de la  ayuda social en Aguilar!.

 Caerá la vieja lápida de mármol que inmortaliza la memoria del alcalde Rafael Crespo como benefactor de la reconstrucción del actual Residencia en las vísperas del siglo XX; se velará el recuerdo nunca escrito del alcalde Manuel Espinosa como propulsor de su reapertura en la década de 1980; y su desaparición señalará para siempre al alcalde Francisco Paniagua como instigador del cambio de rumbo en la historia.   

 Antonio Maestre Ballesteros


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