” No creo que haya pueblos ni hombres que nazcan sólo para morir.”
Antonio Gala
Foto: Antonio Espino Jiménez y su hermano Manuel Espino Jiménez, asesinados el 1 de agosto de 1936
¿Donde están?. Esta ha sido la pregunta que nuestra familia se ha estado haciendo durante mas de 75 años. Estaban en algún sitio pero nadie sabía donde. Esta misma pregunta nos la hemos estado haciendo los familiares desde el mismo día que se los llevaron un 1 de agosto de 1936, los asesinaron y no volvieron. Nunca más supimos de ellos.
Su búsqueda comenzó con sus viudas, sus padres e hijos y ha continuado con sus nietos. Jamás hemos dejado de buscarlos. Nunca les hemos olvidado.
76 años después aún seguimos buscando a alguien a quien se quiere. Queriendo saber lo que sucedió y obtener respuestas a estas y otras preguntas. ¿Quien?, ¿Como?, ¿Cuando? , ¿Donde?. Estos han sido y continúan siendo los interrogantes a los que todas nuestras familias buscan respuestas.
Unas respuestas que nunca hemos conocido, por que las preguntas nunca se pudieron formular. Aún hoy, tras el tiempo transcurrido se alzan voces que gritan … que los dejemos en paz. Dicen esas voces ¿que para que sirve ya buscarlos? y que ya esta bien de remover el pasado.
A todas esas voces quiero decirles que jamás hemos perdido la esperanza de conocer lo sucedido y de encontrar sus cuerpos, por una sencilla y humana razón. Son parte del eslabón perdido, de nuestro pasado reciente. Nuestra cadena genética se quebró con su asesinato y hemos de volver a recomponerla. No, no removemos nada con ello, en todo caso desempolvamos la capa de olvido y silencio que sobre sus desapariciones se impuso oficialmente y aún hoy sigue cubriendo injustamente su existencia.
¿Donde están?, nos hemos preguntado una y otra vez. Y una y otra vez hemos tenido que renunciar a regañadientes a poder recuperarlos físicamente. Los verdugos hicieron muy bien su trabajo. Jamás supimos donde buscarlos, jamás supimos donde encontrarlos, jamás supimos donde llorarlos
Entre sollozos y llantos de dolor durante muchos años hubo que callar y no hacer preguntas. Se prohibido hablar de ellos, llorarlos o recordarlos. Pretendiendo con ello que su existencia jamás se conociera. Hubo que correr un tupido velo y olvidar por imposición a nuestros familiares, olvidar también todo lo demás.
La vida, la injusta vida, fue así de terrible para centenares de miles de familias, que solo pretendían cerrar el duelo, y tener así un lugar donde poder honrarles y tributarles un último recuerdo.
Pero jamás aceptamos por completo la desaparición sin más.
Nuestras familias se vieron sometidas a décadas de silencio y ocultamiento de la verdad, y hoy solo buscan respuestas a un pasado amordazado y secuestrado por el intento de hacer desaparecer de la memoria colectiva, las vidas y las historias personales de unas personas que fueron asesinadas injustamente, por el solo hecho de querer y pretender vivir en una sociedad mas igual para todos, mas justa y mas libre.
Nuestra búsqueda ya se ha convertido en un objetivo primordial y prioritario para acercarnos al conocimiento de esa verdad que demandamos después de estar sometidas a guardar silencio y a no hacer demasiadas preguntas, a soportar en incontables ocasiones el rechazo social, la exclusión e incluso la humillación personal.
Como familiar de represaliados, esta misma pregunta ha sonado dentro de mi cabeza, marcando durante muchos años mi vida. Siempre me inquieto, desde muy pequeño, desde el primer momento que tuve constancia de lo acontecido, me animo el deseo irrefrenable de saber ¿porque los asesinaron?, ¿en que lugar se perpetraron los asesinatos? y ¿donde se ocultaron sus cuerpos?.
Todo este proceso de búsqueda ha sido largo, duro y a veces tremendamente complicado. Muy complicado diría yo. Pero por fin ha dado sus frutos.
Para ello ha sido fundamental la intervención de personas que tanto a través de la aportación de sus testimonios como con su compromiso personal y humano han contribuido de forma notable a que este proceso pudiese comenzar a tomar forma.
Hace ya casi siete años , a finales del año 2005 mi inquietud y determinación personal hicieron que me embarcara en la noble y loable tarea de conocer la verdad. A lo largo de todo este tiempo he trabajado denodadamente con un claro y decidido objetivo: en primer lugar para que se conozca la verdad y se conozca lo sucedido y en segundo lugar para deshacer lo que los verdugos y asesinos hicieron y que así … la muerte no tenga la última palabra.
Conocer la otra parte de la historia. La que nunca se contó. La que se oculto y no interesaba que nadie conociera nunca.
Conocer lo que les ocurrió a mas de doscientas personas de esta localidad ( entre las que se encontraban 7 miembros de mi familia el alcalde José María León Jiménez, mi abuelo Antonio Espino Jiménez, su hermano Manuel Espino Jiménez, el sobrino de ambos Manuel Jiménez Espino, su primo Francisco Jarabo Espino y los hermanos de mi abuelo materno, los hermanos Navarro, Antonio Navarro Navarro y Francisco Navarro Navarro) ha marcado el ritmo de las horas de mi investigación y el trabajo que he venido desarrollado durante estos últimos años.
“ Desearía encontrar el rastro de mi abuelo y mis tíos abuelos, para poder así hilvanar la historia de una estirpe quebrada. Ojala lo logre algún día, buscando en este desierto de amnesia a nuestros desaparecidos. Ojala, las siete décadas trascurridas desde su muerte no minen nunca el animo ni el anhelo de alguien que aun les sigue buscando, les espera, piensa en ellos y sueña con su regreso.”
A finales del año 2006, yo mismo escribía esto, en un extenso escrito dirigido a las autoridades municipales locales. Y tras ese sentimiento, esa emoción inexplicable, me animaba el deseo de poder deshacer lo que sus verdugos hicieron con ellos, “desaparecer” física y documentalmente.
Esa idea me ha marcado durante muchos años de mi vida, por ello un día tome la determinación de buscarlos y devolver sus cuerpos “al aire puro de vivir” , para que nuestras familias pudieran de una vez honrar su muerte y cerrar un ciclo de luto y duelo interminable. Intentar restituir también sus vidas “borradas del mapa a punta de pistola” de nuevo a la sociedad, para que todo el mundo conociera sus historias personales, sus rostros a través de las fotografías guardadas con celo a lo largo de todos estos años por nuestras familias. Devolver sus nombres donde siempre debieron de estar en la conciencia y el recuerdo de todos nosotros, sacándolos del anonimato durante el que habían estado sumergidos durante décadas de ocultamiento premeditado. Considero un acto de justicia desde el punto de vista histórico y humano rescatar del olvido las identidades de todos aquellos hombres y mujeres, para que a partir de ahora estarán presentes en la memoria colectiva de nuestro pueblo”.
“ Dedicado a toda esa gente que aún sabe, por que ellos oyeron gritos de dolor y derramaron llantos, en un pueblo donde las gargantas quedaron enronquecidas y agotadas todas las lágrimas.”.




