Autor. Rafael Espino Navarro

“ … hace tanto tiempo que se lo llevaron, y no es tan fácil olvidar, han quedado tantas cosas, acompañándome estos años, en mi soledad, tantos recuerdos. Yo era muy chica y él era mi padre, siempre he querido volver a él .”  

Manuela , falleció hace cinco meses. El pasado año la conocí. Su rostro arrojaba una visión dulce de la vejez y la bondad. Muy mayor ya hizo un tremendo esfuerzo y vino a Aguilar, después de muchos tiempo al enterarse que los restos mortales de su padre Miguel, habían sido por fin localizados e identificados. Quiso en un último intento vital encontrarse con él … volver a él.  

Su rostro desencajado por el dolor y el llanto quedaran para siempre impresos en mi retina. Su dolor, será para siempre mi dolor. Otro más a sumar a una larga lista.  

Al igual que Francisco, hace apenas unas semanas, no dudo hacer realidad un sueño, una deuda, un compromiso. Enterrar dignamente a su padre. La llegada de muerte le arrebató la posibilidad. La muerte y otras circunstancias añadidas, se han opuesto a su justo deseo y no han hecho posible que se cumpla una ley natural por la cual los hijos entierran a sus padres, dignamente. 

Ellos han sido los primeros, pero sin duda alguna no serán los últimos en sufrir las consecuencias de una larga noche de más de tres cuartos de siglo, llena y perpetuada aún de injusticia y sufrimiento. Un sufrimiento y una injusticia que no terminaran nunca mientras no se de paz y descanso a los muertos. A nuestros muertos. A los que nunca renunciaremos, porque siempre les hemos querido y aún siguen muy presentes.  

Conocer que su padre Miguel y dos de sus hermanos Modesto y Antonio, habían sido identificados, gracias a la alquimia de la ciencia, supuso para ella una de las alegrías más grandes de su larga vida. Su adn cerró un estrecho círculo familiar en el cual quedaron envueltos todos ellos. Los tres hermanos, que entre ellos se relacionaban para poder así ser perfectamente identificados. La llamada natural de la vida, después de la muerte. La justicia del ciclo vital más inmediato, reclamado por sus descendientes.  

Francisca, siempre soñó con la llegada algún día de ese momento, un momento que vivió plenamente el pasado año en el mes de junio en el acto de entrega celebrado en el cementerio municipal de Aguilar de la Frontera. Fuertemente agarrada a su pasado, volvía a encontrarse con él. 

Desde entonces, (y ya han pasado muchos meses) siempre albergo la ilusión que durante muchos años de su vida guió su conciencia y determinación de poder ver cumplido un sueño “enterrar dignamente a su padre”. Un sueño que no ha podido ver cumplido. 

Ayer, sus restos hicieron un último viaje, perfectamente planificado por ella. Volvieron desde Madrid a reunirse con su tierra natal, con su aire, con su luz, con su sol. El pasado y presente se volvieron a juntar en un claro y breve amanecer, mientras sus cenizas tomaban contacto con él. 

Sus cenizas, ya se suspenden y vuelan libres, en un paraje próximo a la laguna de Zoñar, en un trocito de mundo que alguna vez fue suyo, donde creció y donde en su niñez fue feliz acompañada por toda su familia y su padre, antes de que lo detuviesen y se lo llevarán para nunca más volver a verlo con vida.  

Es lo más cerca que hoy puede estar para … volver a él.  

Pronto, muy pronto, Francisca, podrá ver cumplido su último y más grande deseo. Gracias al apoyo solidario y la colaboración de muchas personas cuyo compromiso desborda todos los límites conocidos de la solidaridad y gratitud humana, por fin su padre Miguel y sus tíos Modesto y Antonio, van a poder ser inhumados dignamente por AREMEHISA, para que la última voluntad de Manuela pueda por fin verse hecha una realidad. Aunque ella ya no viva para poder verlo.

 

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