La tarde se hizo noche cuando la luna, en cuarto creciente, se asomó entre las rendijas de las amenazantes nubes para llenar con su luz “la cuesta”. Fue el último viernes de Cuaresma, ese que llaman de Dolores y Aguilar consagra a la devoción Nazarena. UN año más se cumplió la tradición: Jesús salió a la calle para impartir la bendición y el pueblo se postró a sus plantas. Todo se ha consumado: la fe renovada, el sentimiento renacido, la emoción compartida y la devoción afianzada. Aguilar abrió de nuevo las puertas de su Semana Santa.
Fue noche de ancianas devociones, de niñez enaltecida sobre recios hombros paternales, de zagales izados sobre las rejas inmaculistas, de jóvenes ilusionados con los primeros amores que florecen en sus corazones.
Noche de gratitud a los que nos precedieron en la devoción, de lágrimas ocultas por los que se fueron pero siguen vivos en nuestros recuerdos, noche de encuentros inesperados y de ausencias que duelen en el alma, noche de ilusiones y esperanzas renovadas, de años cumplidos y de primaveras pasadas, de silencios internos y suspiros perdidos cuando se cruzan las miradas, de repelucos en el corazón y oraciones musitadas, cuando el Lirio Morado se asoma a la puerta y la traspasa, y la pena nos embarga.
Noche de cañaduz, de primeras saetas, de borrachuelos de canela y azúcar, de magdalenas amasadas con incienso, de flores llenas de color y gracia, de salmos misereres, y cadenciosos esteba mater a la dolorosa por antonomasia, Dolores de los Servitas, la de la carita nacarada que recibe pleitesía en el día de su onomástica. Noche de primavera recién estrenada, de azahar dormido entre las hojas de los naranjos, de lamentos de cornetas y música sagrada que se eleva hasta el cielo en inusitadas plegarias.
Anoche fue la noche, la de la Liturgia de siglos cimentada en la tradición de un pueblo. Noche de Viernes de Dolores, con la que todo empieza y con la todo acaba. Se nos fue la espera en un suspiro y Aguilar vive ya, una nueva Semana Santa.






