Por los caminos de Lucena

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No por anunciada ha dejado de sorprendernos. Ya lo avise ayer y se han cumplido todas las expectativas. Los lucentinos nos han preparado una ruta de las que no se olvida en mucho tiempo. Un recuerdo tangible y grato porque, aun sabiendo que íbamos a sufrir, y doy fe de que así ha sido, lo visto, y sobre todo lo vivido, ha dejado un pozo de satisfacción que compensa sobradamente el esfuerzo realizado.

Con las claras del día acoplamos las bicis al carro y tomamos dirección hacia la antigua Elisana. Ciudad de la Santería, del tambor y el Torralbo. Gentes de arraigada devoción aracelitana. Forjadores de velones de bronce y de vigorosas tinajas de barro. Cuna del fandango lucentino y patria de esclarecidos hebreos. Tierra de hombres afanados en “manijerías” que han curtido la historia de un pueblo que brilla con luz propia.

Sobre las 9 de la mañana el nutrido pelotón de lucentinos y aguilarenses iniciamos el trayecto de Vía Verde que nos llevó al inicio de la Vereda de los Fósiles, un largo y encaramado sendero con piedras sueltas que endurecían aun más su tránsito, pero de gran belleza al bordear un arroyo que desciende desde las primeras estribaciones de la sierra.

Comediada la subida fueron muchos los ciclistas que echaron pie a tierra en prevención de alguna caída y también por la dura pendiente de los repechos. Reunido el grupo bajo una de las muchas encinas que hemos divisado, se reinició la marcha por la pronunciada bajada del camino que llaman de los Pepes, que nos llevó hasta la carretera del nacimiento de Zambra.

Tras circular por el asfalto poco más de un kilómetro tomamos nuevamente los senderos que, con sinuosas ondulaciones, atraviesan encaramados cerros y vadea pintorescos arroyos colmados de frondosas arboledas. La belleza de las altas cumbres del Cerezo y la Tiñosa coronando la cordillera Subbética y marcando el cercano horizonte, no restaba dureza a un trayecto que nos obligó a bajar nuevamente de la bici para salvar atajos bastante escabrosos.

Así llegamos a los Llanos de Don Juan, en el término de Rute, donde se congregó el pelotón para acometer un nuevo trecho que nos llevaría hasta la Encina Milenaria. La dureza del tramo no le fue a la saga a los ya recorridos, salvando numerosas pendientes de subida y bajada hasta encontrar al portentoso monumento natural. Impresiona ver , al menos para mí, un ejemplar de Encina de estas proporciones y frondosidad. Este momento pagaba con creces el esfuerzo realizado hasta llegar a su emplazamiento.

Bajo el vetusto árbol tomamos el avituallamiento. Habíamos recorrido 30 kilómetros, pero el gasto calórico equivalía al doble, al menos para los aguilareños, acostumbrados a hacer recorridos menos exigentes por la campiña. Repuestas las fuerzas continuamos pedaleando con la vista puesta en la panorámica que dibujaba la imponente mole de la sierra de Aras coronada por la blanca ermita que acoge a la patrona del Campo Andaluz.

Sospechábamos que teníamos que subir hasta la cumbre pero desconocíamos el camino a seguir. Guiados por el rutero lucentino, el acercamiento al lugar se hizo por un camino suave que nos situó en las inmediaciones del Cristo Marroquí. Dejamos la carretera y afrontamos la empinada rampa que conduce a la cueva del Ángel y la trialera que nos situó ante la subida más dura de toda la ruta. La cuesta de las Canteras es muy severa si se sube a ritmo, aunque se alivia algo cuando desembocas en la carretera que se corona en la primera Cruz.

Desde ese lugar una empinada calzada de tres largos kilómetros envuelve la cima y se remata en la puerta del santuario de la que es altar del cielo: Araceli. A tan histórico y bello espacio llegamos los ciclistas de forma escalonada ya que la dura subida hizo estragos en el pelotón. Tiempo que fue aprovechado para contemplar las impresionantes panorámicas que ofrece este mirador natural y visitar, el que quiso, la ermita y la Virgen. Se había alcanzado así el vértice más alto de todo el recorrido y tocaba bajar por el camino del Caracol que nos introdujo de nuevo en Lucena.

Un recorrido por el casco urbano nos permitió admirar algunos rincones emblemáticos como el Paseo del Coso, la Plaza Nueva, donde nos tomamos fotografías con la Parroquia de San Mateo como fondo, o el castillo que protege a la Torre del Moral, donde Boaddil estuvo confinado tras ser apresado en la batalla de Martín González. Se ponía fin así al itinerario de una ruta de 46 kilómetros con un desnivel de 1,100 metros, y se iniciaba la comida y convivencia que ha sublimado tan espléndida jornada.

Los amigos y colegas lucentinos nos han agasajado durante varias horas con un opulento banquete. Además de comer e ingerir alguna que otra cerveza, nos hemos regocijado recordado lo acontecido en la ruta y compartiendo experiencias y vivencias entre buenos aficionados a la bici. Hemos vuelto de Lucena henchidos de gozo, agradecidos, y como no, con una deuda de camaradería que saldar. Esperamos que los amigos del Club Birra Bike nos devuelvan pronto la visita.

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