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De aquellos años de mi niñez queda el recuerdo de las habituales citas religiosas en la Plaza de San José. Eran los tiempos de don Julián ( que en gloria esté). Todo el calendario marcado, no había día sin su afán, con flores a María que madre nuestra es: Todo mujeres y niños, algunos ya talluditos, detrás de la Virgen de Fátima, cantando militarmente “Entre todas las mujeres, entre todas las mujeres, y bendito sea el fruto de tu vientre, Jesús. Santa, santa María Madre de Dios, ruega por nosotros, por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte amen, Jesús”. Llegaban los “padres” misioneros, dirigidos por un tío alto, delgado y destartalado, con cara de pocos amigos, no sé si carmelita o jesuita, no lo recuerdo, nos obligaban a fabricar banderas del Vaticano y de España, una en cada mano, pantalón corto, camisa blanca y un aburrimiento espantoso. El fraile destartalado alzaba los brazos amenazante arengando a las masas infantiles a luchar contra todo lo que se moviera, contra la vida, bajo pena de eterno castigo divino. Tenía cinco, siete, nueve, diez, doce años y lo que mejor había aprendido en la escuela era a saber que la vida era un valle de lágrimas, sobre todo cuando me hablaban de Dios y su corte celestial.

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