Historias de la Posguerra en Aguilar de la Frontera (XII): El Orfanato del Colegio de la Milagrosa

Diego Igeño.

Los años de la posguerra, ya lo venimos diciendo en toda esta serie, fueron realmente oscuros, difíciles, duros, siniestros. Una realidad apenas conocida es la suerte que corrió un grupo de víctimas colaterales del conflicto y la represión a que fueron sometidos los simpatizantes del régimen republicano: los niños. En efecto, la muerte o el encierro del patriarca trajo como consecuencia la pauperización de muchas familias puestas al borde de la miseria al perder al tradicional sostenedor de las mismas. Para afrontar el problema, el Régimen llevó a estos chiquillos a orfanatos (o instituciones parecidas) en los que, además del cobijo y manutención, los alojados eran adoctrinados en los principios de la “Nueva España”. El centro de Aguilar fue regentado por las monjas del Hospital y estuvo situado en las instalaciones del Colegio de la Milagrosa que las mismas tenían en la calle Santa Brígida. Por este servicio, las “hermanitas” recibían un estipendio que les era abonado por la Diputación de Córdoba y que llegó a superar las 7000 ptas. mensuales (la dieta diaria por residente varió de 1 a 1’75 ptas.). La documentación que tenemos sobre este delicado asunto es muy escasa, puesto que solo disponemos de las notificaciones de ingreso de algunos, muy pocos, niños y niñas y los oficios que autorizan a diversas monjas a recibir el dinero que les correspondía percibir.

No sabemos en qué momento exacto fue cuando se abrió el orfanato, pero con toda probabilidad debió ser a finales del 37 o comienzos del 38. Los acogidos debían tener entre cuatro y catorce años. Así, por ejemplo, una fuente de diciembre de 1941 nos indica que en esa fecha habían ingresado varios pequeños entre cuatro y doce años de edad, huérfanos “de padre a causa de los anteriores sucesos”.

En ese mismo mes, se dirigió un oficio a la Diputación para que tuviese en cuenta la conveniencia de que el orfanato aquí existente se convirtiera en internado. Las razones que se esgrimían para esto son altamente elocuentes:

 […] con el fin de que los niños que reciben asistencia e instrucción en aquellos [los orfanatos], la completen con una permanencia absoluta en estos Centros [internados] y evitando de este modo que la labor educativa que se realiza en los mismos, se vea aminorada por el natural contacto de los educandos con sus familiares y con otros elementos perjudiciales en absoluto para los fines que se persiguen.

En febrero de 1943, la misma Diputación remitirá un nuevo escrito a los ayuntamientos para que se procediese “a practicar una escrupulosa revisión de los expedientes relativos a los huérfanos de guerra admitidos en tal cualidad en Colegios Religiosos” y que se procediese a “decretar la inmediata baja del Colegio de los que bien porque hayan variado su situación económica, regresando a su hogar el padre, u otras causas, no deban seguir disfrutando de este beneficio”. Desconocemos si esta medida fue debida a una inflación en el número de niños acogidos o a un falseamiento de los listados para percibir unas mayores cantidades.

En una muestra de heroica resistencia y desplante ante las nuevas autoridades, en el año 1941 algunas familias se negaron a suscribir las hojas declaratorias para ser incluidas en el Padrón de Huérfanos de la Revolución y la Guerra.

Pese a las dificultades de asistir debidamente a nuestros huérfanos, en un desmesurado acceso de optimismo, el gobernador civil ordenó la constitución de juntas locales encargadas de la asistencia a niños huérfanos y abandonados que se recogiesen en Madrid al ser tomada dicha capital por el Ejército. La de Aguilar se creó con la presencia, entre otros, del maestro Faustino Lavería, el inspector municipal de Sanidad Miguel Jiménez Clavería y el párroco Epifanio Jiménez Serrano.

Como consecuencia del desamparo, estos niños quedaban en una situación extremadamente complicada, lo que les hacía bordear en ocasiones los límites de la legalidad. El resultado es que ya en el año 40 asistimos al envío de tres de ellos al reformatorio de Córdoba por ser autores de numerosos robos. Uno era hijo de un ejecutado “en la represión que se realizó en esta Ciudad en los primeros momentos del Movimiento Nacional”; el otro lo era de un padre “detenido en la prisión de Córdoba como elemento marxista”. El último de los citados, NCG (cuyo perfil no respondía al de los anteriores), prosigue en el año 44 su trayectoria conflictiva cuando se le sorprende apropiándose de 30 ptas. del bolsillo de una lugareña que se encontraba en el establecimiento de chacinas de Miguel Palma Varo, sito en la Plaza de San José, 1. En el escrito donde se recoge este suceso se dice: “Que el mencionado niño es reincidente en varios casos de la misma causa, y habiendo sido enviado al Correccional de menores consiguiendo darse a la fuga todas las veces que se recluía hasta dejarlo por imposible”. A continuación, se recoge que en sus declaraciones siempre afirma que el fruto de su fechorías es entregado al progenitor con lo que la connivencia de este en las raterías de su hijo eran evidentes.

Continuará…

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