Diego Igeño

Dice el diccionario que, en los escritos, un batiburrillo es una mezcla de cosas inconexas y que no vienen a propósito. Probablemente, los contenidos de la presente nota tengan ese carácter.
Lo primero que voy a introducir son las amenazas que se ciernen una vez más sobre nuestros bolsillos. Nos desayunamos hace unas semanas con uno de esos globos sonda veraniegos, lanzado en esta ocasión por el mismísimo ministro de Seguridad Social –que pronto se apresuró a declarar que se había precipitado-, aventurando que los “baby boomers” tengamos que apencar en el futuro con una disminución de nuestras pensiones o un alargamiento de nuestra vida profesional. Me sorprende, en primer lugar, esa nueva categoría en la que han englobado a varias generaciones, “baby boomers”, en la que incluyen a todo nacido en este país en un período tan largo y variado como el que abarca desde finales de los cincuenta a los primeros setenta. En segundo, el hecho de que a todos se nos meta en la misma saca, independientemente de cuál haya sido nuestra trayectoria laboral, o lo que es lo mismo, hayamos ganado mil o un millón. Para evitar el recorte nos queda, eso sí, la posibilidad de proseguir como población activa hasta el segundo previo a nuestro ingreso en el ataúd. O esperar hasta ese mismo instante a que los sindicatos laboren en pro de nuestros intereses, los de la clase trabajadora, antes que seguir bregando por defender su acomodado status.
Por otra parte, otro globo sonda, este más consistente, nos traslada la posible tasa por utilización de las autovías. Eso supondría que quienes nos desplazamos con cierta frecuencia a Córdoba tengamos que sacar de nuestros ya menguados recursos un tanto para ese estipendio, tanto que pagará igual el que tenga un modesto utilitario que el que transite con un modelo de súper-lujo, modo gráfico de decir que les caerá la misma “multa” a los que apenas lleguen a final de mes que los que se gasten una millonada en “frivolités”. Aquello de la progresividad en los impuestos, es decir, que pague más el que más gana me suena ya a burla y/o a oratoria de púlpito pese a que lo defienda un gobierno que me es cercano ideológicamente. Entiendo que las arcas del Estado estén en las últimas como consecuencia de la crisis sanitaria –hasta ahí puedo leer- pero, me pregunto yo, ¿no habrá otra manera de rellenarlas? ¿No se puede ser más imaginativos para no cargar los esfuerzos siempre sobre las mismas sufridas espaldas?
Leo indignado informaciones sobre la ola de calor que asola Canadá. Una vez más saltan las alarmas por los indicios más que evidentes de que el cambio climático está aquí ante la indiferencia de la mayoría de la población y de todas las administraciones (in)competentes que solo se sienten concernidas cuando notan la amenaza en sus propias carnes o en su peculio. Ya lo he dicho en varias ocasiones, pero no está de más repetirlo “cienes y cienes” de veces: no hay planeta B. O actuamos ya o nuestros hijos heredarán un páramo, si es que les legamos algo.
Por último, en estos días se celebran en China los cien años de la fundación del Partido Comunista. Tiene, por tanto, la misma edad que el nuestro, aunque su estado de salud es bien diferente. Mientras el primero se ha convertido en el motor del país más poderoso de la tierra –ya sin ambages-, motor gripado eso sí por mor de sus constantes agresiones a los derechos humanos, el segundo vegeta camuflado entre las siglas podemitas, perdiendo sus señas de identidad para desencanto de sus históricos militantes. Esta última reflexión daría para mucho más, pero me noto perezoso con estos calores “julieños”. Dejémoslo aquí por tanto.

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