Con la magnificencia de que hace gala la Iglesia Católica en sus cultos, se celebró en la mañana del pasado sábado, 16 de octubre, en la Mezquita Catedral de Córdoba, el anunciado acto de beatificación de los 127 mártires cordobeses entre sacerdotes, seminaristas, religiosos y laicos que murieron violentamente durante la guerra civil.

Para el neófito en estos temas, cabría precisar que cuando la Iglesia proclama un nuevo santo no está otorgando un premio a esa persona que ya está en presencia de Dios, lo que hace tras un laborioso proceso es acreditar que está en el Cielo y que lo que le ha llevado hasta allí ha sido su forma de vivir, que propone a los fieles como ejemplo.

En el caso de los mártires, solo si sus muertes fueron causadas por el Odium Fidei -el odio a la fe-, se justificaría sus beatificaciones. Así lo ha considerado la Curia con estas personas y por ello, entiendo, que les ha otorgado el distintivo de santidad. Por otro lado, existen acreditados historiadores que tras estudiar esta temática con gran rigor científico atribuyen la causa de esas lamentables y absurdas muertes a la persecución política que suscitó la militancia que la jerarquía eclesiástica española tuvo –salvo honrosas excepciones- en la defensa del golpe de estado franquista.

Pero no pretendo adentrarme en ese debate, más, todo lo contrario, solo trato de constatar el deliberado olvido que se evidenció en la referida ceremonia de los otros mártires: también sacerdotes, religiosos y laicos que murieron asesinados por los fascistas por no renegar de la legitimidad del Estado republicano.

Para ellos no habrá rezos ni pomposos ceremoniales, pero, aunque la indiferencia terrenal los aleje de los altares de los templos, no los privará seguro de la Gloria de Dios, de la que sin duda gozan en la eternidad de los tiempos, aunque sus cuerpos permanezcan velados bajo las cunetas de las carreteras, amontonados en olvidadas fosas de los cementerios o en  clandestinos osarios.

Solo en Aguilar se documentan más de 200 personas asesinadas, víctimas de la persecución fascista que generó el fallido golpe de estado, matados vil mente en nombre del Dios en el que muchos de ellos creían y al que  rezaban. Otros carecían de la fe cristiana, pero seguro que gozan de la presencia de Dios, pues no era ni es  pecado capital el defender el Estado democrático republicano.

Todos los inmolados son iguales y todos merecen el mismo respeto, ya que ninguna muerte violenta debería poderse justificar. La Iglesia cordobesa ha querido reparar la memoria de los 127 beatos elevándolos a los altares, y ha hablado de  reconciliación y de paz para los pueblos. Así será, pero cuando  reconozca también el derecho de reparación para los que permanecen aún desaparecidos y les otorgue la misma dignidad humana que ayer le dispensó a los nuevos mártires.  En fin la historia de nuestro país tiene dos partes. Pero los muertos todos eran del mismo país y todos hijos de Dios.

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