La otra desmemoria (3): Exilio interior

Diego Igeño

En esta modesta aportación sobre las historias de la emigración, hoy traemos a nuestras páginas a Pedro Onieva Albalá. Resumir la vida de alguien tan locuaz como nuestro entrevistado es misión imposible. Sus palabras, sus recuerdos salen de sus labios a la velocidad de la luz, acompañados por una gesticulación de manos y cara que aún son más rápidos. Son tantas, tantas las cosas que tiene que contar que muchas veces este pobre amanuense debe reconducir la conversación para no perderse en el hilo del relato. Porque, además, todo es tan interesante…

Lo que me narra arranca incluso antes de que él viera la primera luz. Son historias de una familia marcada por el drama de la guerra civil: el fusilamiento de su abuelo paterno Antonio Onieva Pedraza, las vejaciones de su abuela paterna y el encarcelamiento de toda la familia, el pelado de su madre, Concepción Albalá, y sus tías, su padre Salvador en la División Azul, etc. Y, como broche de todo, la emigración. Pedro me insiste en que las dificultades halladas en el pueblo, donde pesaba enormemente esa losa familiar heredada hasta el punto de que nadie les daba trabajo, aconsejó a sus padres a buscar el sustento en otros lares. El primer destino fue Córdoba. Allí nace nuestro protagonista en 1956 y de allí son unas primeras vivencias marcadas por la extrema pobreza, por la escasez, por el hambre. Sólo las patatas cocidas y los fideos gordos -que terminó aborreciendo-hervidos con agua tintada con avecrem, mañana, tarde y noche, saciaban algo esas carencias atroces que sufrieron en su hogar. Aunque el progenitor encontró trabajo como albañil, un sueldo escaso no era suficiente para alimentar a su numerosa prole. La estancia en la Ciudad Califal se extendió aproximadamente 14 años. Tras ellos sintieron la llamada de Cataluña, el eco que resonaba en las calles cordobesas de que allí había mucho trabajo. Cogieron las maletas y en aquellos vetustos trenes de la época pusieron rumbo en sucesivos turnos a un nuevo destino. Para evitar los controles de la policía, que todavía trataban de impedir las llegadas masivas de emigrantes a las grandes ciudades, en un episodio que parece escrito por Rafael Abella en sus historias de la posguerra, su padre, su hermano mayor y un primo hubieron de apearse antes de llegar a la estación término

En tierras catalanas estuvieron en un primer momento y durante un breve período en Gavá, donde llegaron tras un “epopéyico” viaje desde la estación de Francia de la Ciudad Condal. Nuestro protagonista rememora cómo se cogió a las faldas de su madre, aterrado por todo lo que veía a su alrededor. Afirma sin dudarlo que aún guarda en su memoria cómo, recién llegado, también se sintió impresionado por dos cosas: los edificios altos y sucios de Barcelona y ¡el agua corriente! de la casa de Gavá (algo que no habían visto en Córdoba), donde en cualquier caso vivían hacinadas 13 personas en un minúsculo espacio. A pesar de la dureza de los dos primeros años, poco a poco la situación fue aliviándose. Se trasladaron a Viladecans donde creció y se formó (por fin pudo ir a la escuela, algo que no había podido hacer en tierras cordobesas) hasta convertirse con el tiempo en profesor de autoescuela y en monitor de educación vial. Pero antes de ello, como tantísimos emigrantes, peregrinó por diversos oficios lo que le robó un buen trozo de su infancia: chico para todo en una tienda de comestibles, camarero en un bar desde los doce años y luego en el que sus padres montaron (Bar Bodega Córdoba) donde trabajaron varios miembros de la familia. A partir de ahí, confiesa que todo mejoró muchísimo y con admiración cuenta que su madre tenía una gran cabeza para los negocios: “Si hubiera sido un hombre…”, dice.

Jubilado desde los 43 años, el fallecimiento de su progenitora en 2010 marca una cesura en la vida de Pedro. Es entonces cuando decide embarcarse en la aventura de afincarse en la tierra de sus antepasados, en Aguilar, donde había venido en alguna ocasión de vacaciones y donde se había comprado una casita. Confiesa que los dos primeros de estancia fueron muy duros, puesto que vivió un choque cultural muy fuerte; llegó incluso a preguntarse que dónde se había venido. Pero, finalmente, admite que se ha ido adaptando, amoldándose más bien.

Tras tantas idas y venidas, le pregunto a Pedro que cómo se siente si andaluz o catalán. Su respuesta en una prueba más de su ingenio: “diez duros español, cinco duros andaluz y otros cinco duros catalán”.

Ahora, en paz consigo mismo, aunque con un poso de tristeza que no logra camuflar, ocupa su retiro en Aguilar pasando su tiempo en un pequeño huerto que le apasiona, leyendo, sobre todo historia, escuchando música y poco más. Atrás dejó su afición a escribir poemas, alguno de los cuales ha publicado en la revista del Centro de Educación de Adultos. Aunque, eso sí, siguen intactas su curiosidad y esas ganas de aprender que siempre ha tenido. Ni el tiempo ni los sinsabores han conseguido acabar con ellas, como tampoco han derrotado su genio alegre y desprendido.

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