
La primavera renace cada año en las hojas verdes de la vieja acacia que habita en el altozano del Castillo de Aguilar. Sus ramas, cargadas de savia nueva y leyendas, se proyectan en el horizonte de cada amanecida cuando el astro rey vence a la noche y rebasa las altas cumbres de la serranía subbética para dibujar en el incipiente azul del cielo los perfiles del viejo campanario que labrara Hernán Ruiz sobre una de las cuatro torres que cercaban el viejo templo de Santa María de la Mota.
Naturaleza e historia se disfrazan de amanecer ofreciendo un paisaje idílico que hace inolvidable su visión para quienes tienen la suerte de contemplarlo in situ.



