Una nana a la luz de la luna

Carmen Zurera Maestre

Recuerdo aquellos atardeceres frente al mar vinculados a momentos especiales de nuestras vidas. Era verano. Compartíamos parte de la época estival con los abuelos y algunas noches caminábamos por el paseo marítimo despidiéndonos del día.

Recuerdo que te costaba dormir. Yo me alejaba del ruido de los chiringuitos buscando la orilla del mar, distanciándote de la luz de las farolas, buscando el sonido acompasado del agua lamiendo la orilla.

También acudía al repertorio de nanas que aprendí de mi madre o de mi abuela para susurrarte al oído una música ancestral que sirvió a muchos niños antes que a ti para invocar al sueño.

A pesar del trajín diario, del cansancio físico que arrastraba del día, ese era el mejor momento. Donde la conexión intergeneracional no solo tenía que ver con nuestras vidas, sino también con las de los que nos precedieron.

La luz vespertina a orillas del Mediterráneo, la música natural de las olas besando la arena, el sol ocultándose tras la orografía escarpada de Almuñécar …y tú y yo latiendo al unísono, llamando a Morfeo para dejarte en sus brazos por un momento. El estrictamente necesario para que yo repusiera fuerzas hasta el día siguiente, en el que tu energía requería de nuevo toda mi atención.

Te sostenía en mis brazos como sostienen las cunas los cuerpos más amados, con el valor añadido de los latidos de mi corazón. Aquel que siempre te hizo sentir seguro y sin el cual no dormías.

Veintiocho años después no puedo ofrecerte otra cosa que no sea el amor incondicional de una madre.

Nada ha sido fácil, pero todo nos ha servido.

Yo dejé de creer antes que tú.

Yo me decepcioné, me enamoré y también sentí que mi corazón se rompía en mil pedazos.

Luché con banderas a las que atribuí el valor de la justicia descubriendo poco después que se vendían a mis espaldas.

Creí que por el hecho de nacer tenía un lugar en el mundo y supe que este eterno juego no iba así y que necesitaba toda una vida para descubrir el sitio que me correspondía.

Una vez que lo sabes estableces tu atalaya desde la cual escrutas los peligros o valoras las ventajas, para bajar cuando tú quieras, para cerrarla si sientes amenazas.

Tal vez me preguntes: – ¿Para esto me naciste?

Yo respondería que no, que no supe nuca por qué me parieron, pero evidencié que dependía de mí darle sentido.

Hoy veo tu mirada prendida del horizonte, en algún lugar que no conozco y un desasosiego primario me alerta.

Quisiera volver a tomarte entre mis brazos, buscar aquella orilla, recordar algunas nanas y mecerte con los latidos de mi corazón para que nada temas.

…ya, ya sé que no va así la cosa.

Te abrazo, me despido, porque tu rumbo y el mío tienen distintas direcciones. Sé que hallarás la fuerza que te guíe. Encontrarás tu razón de ser de la forma más “inesperada”, pero no lo dudes, perfectamente ensamblada en cada etapa de tu vida.

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