
Contemplar esta fotografía de la Feria Real de Aguilar de los años sesenta me he llenado de añoranzas al ver reflejada en ella una de las clásicas atracciones de feria de mi niñez y juventud (los aviones) y, también, porque me ha recordado un artículo que leí en su día en uno de los boletines parroquiales que se editaban en esos años.
Al hilo de ello, he recordado, así mismo, un artículo de la escritora Inma Alvarez, en el que decía que “el régimen franquista no fue solamente una dictadura militar o política, sino que sobre todo fue un clima moral. Probablemente porque la España de los años 40 era un país desgarrado por el dolor y la humillación, por las heridas y la penuria económica, la propaganda de la época machacaba continuamente sobre los valores del heroísmo, del amor a la patria, de la virilidad y del mejor servicio al país por parte de mujeres fuertes y abnegadas capaces de sacrificarse por el bien de la humanidad, encerradas en casa y criando a los hijos. Nada excepcional en un país que recién salía de una terrible guerra civil y que se encontraba aislado en un mundo que ardía a su alrededor”.
Por desgracia, el régimen no tenía en sí la capacidad de evolucionar, sino solamente de repetirse a sí mismo, con las fronteras cerradas y rechazando toda influencia del exterior, dominadas la universidad, los medios de comunicación y los centros del pensamiento, y por tanto, el mismo discurso se mantuvo en las décadas siguientes, en los 50 y 60, cuando una nueva generación llamaba a las puertas. El paternalismo, el patriarcado, los valores masculinos eran algo moral y espiritualmente superior, una idea imbuida también de justificaciones religiosas. Los hijos varones estaban en un plano superior, los tabúes respecto al sexo eran durísimos, hasta las prohibiciones absurdas. La censura era severísima, a veces irracional
Y todo ese reproche a la libertad de la mujer para vestir y sentir como quisiese, se desprende del referido artículo que aparece en la Hoja Parroquial del Carmen, de 1958, en el que el párroco de turno -entonces lo era Rafael María Espinosa Moreno-, muestra la pesadumbre que le provocó comprobar en los días de feria cómo la “modernidad” de la moda se imponía en las féminas del pueblo. El texto nos traza sin ningún pudor lo que podríamos denominar una apología de la sumisión de la mujer…
LA FERIA, LA MODA Y NOSOTROS
Con toda normalidad Aguilar ha celebrado su tradicional “Feria Real”. Nuestra ciudad, recogida en su natural y diario quehacer, ha salido unos días de su recogimiento y se ha vestido de gala para vivir unas jornadas de recreo y de lícita expansión. Desde los más apartados rincones de España se han desplazado no pocas familias de aguilarenses que han acudido a la patria chica para sumergirse y participar en este ambiente de festejos y esparcimiento. Nuestra bienvenida a estos paisanos, en la mayoría lectores de esta HOJA.
Pero no termina la cosa aquí. Porque, desgraciadamente, ha habido de todo. En medio de diversiones lícitas, entre tantas y tantas señoras y jovencitas honestamente vestidas, hemos contemplado con verdadero dolor provocativos escotes, brazos desnudos y bailoteos hasta altas horas de la madrugada.
La nota destacada la ha dado ¿cómo no? – el sexo femenino, que ha lanzado durante estos días las primeras muestras locales de la “línea saco” y la “línea trapecio”. Yo les aseguro que ha sido lo que ha habido que ver y que a su lado los demás números del programa han ocupado un lugar muy secundario.
Francamente, y a juzgar por los “modelos” que hemos visto, la cosa no estaría mal del todo si no se abusara de escotes y mangas cortas, mal desgraciadamente endémico en el atuendo femenino, y tuviesen las faldas unos deditos más de longitud. Bien pueden creer que sentimos poner estos “peros” porque como “acá” conocemos la sicología femenina, pronosticamos una verdadera invasión de “sacos y “trapecios” para fechas próximas, cosa que repercutirá en los bolsillos de papás y maridos, que quieran o no tendrán que sufragar los gastos consiguientes.
Y nada más, paso. Pasó la Feria. Nada queda ya de ella. Acaso solo el déficit de unas pesetas menos, el natural cansancio y un poquitín de remordimiento.



