Carmen Zurera Maestre

El 30 de septiembre de 2022 murió Teresa Toscano Gutiérrez a los 95 años. Teresa “la Pelona”. El mundo no la conocía. Los vecinos y vecinas de la calle San Antón, de Aguilar de la Frontera, sí.

Era una mujer del pueblo, que nació en una época dura donde la supervivencia era la única razón de existir. Antes que ella ocupó su vivienda otra familia que la memoria no me permite recordar. Lo importante es que ella llegó con su familia para habitar una casa frente a la de mis padres cuando yo era preadolescente y podía registrar en mi memoria relatos y experiencias de aquella época.

Teresa era ama de casa cuando llegó a la calle San Antón. Ya no trabajaba en el campo y se dedicaba a cuidar de su marido enfermo, criar a sus tres hijos y albergar a todos los miembros de su familia extensa que necesitaran cualquier cosa que ella pudiera proporcionar. Su casa era pequeña, pero su generosidad, inmensa. Desde la comida al apoyo emocional. Desde lo económico, al abrazo; ella tenía siempre algo que los demás necesitaban.

Desde mi visión de niña-adolescente la recuerdo las noches de verano sentada en el rebate de mi casa junto a mi madre.

Al caer la noche, en ese breve espacio que las amas de casa se regalaban entre la caída del sol y los preparativos de la cena.

Aquel espacio era tan valorado, esperado y celebrado por las vecinas, que las niñas adolescentes que pululábamos por la vecindad, no dudábamos en aprovechar la ocasión para compartirlo con ellas. No éramos conscientes de que escuchándolas estábamos recibiendo el “néctar de la vida”. Una herencia que se transmite de madres a hijas de forma natural, creando conciencia colectiva de roles y emociones.

Lo mejor es que nos hicimos mayores, y nuestros hijos e hijas visitaban a las abuelas y mis hijos y sobrinas también pudieron comprobar el valor de aquel compartir mágico que proporcionaban las abuelas a las generaciones posteriores. Mi sobrina Clara, la mayor de las nietas, pudo conocerla y atesoró grandes enseñanzas encapsuladas en sus dichos, en las narraciones de sus experiencias y, sobre todo, en su sentido del humor.

En mi familia la recordamos siempre riendo. Acudiendo a algunos de sus dichos o sus reflexiones y la tenemos como referente de sabiduría, porque no hay nada más potente para sobrevivir que saber reír de lo trágico de la vida, siempre y cuando se sobreviva.

Gracias Teresa Navarro Gutiérrez. Mi familia te ha querido siempre y mantendrá tu recuerdo mientras que alguno de nosotros viva.

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