Separar lo político de lo personal es algo difícil cuando se es hijo de Carmen Flores. He aprendido a hacerlo gracias a los golpes que, desde bien pequeños, mis hermanos y yo, hemos recibido de una parte de la sociedad (hombres y mujeres también) que nunca ha aceptado que una mujer con criterio propio, con sus defectos y virtudes, pero con criterio propio, ejerza el derecho a la actividad política y luego al poder institucional cuando el pueblo soberano se lo ha otorgado. 

Cuando volvía de la escuela o del instituto llorando y cabreado, dispuesto a pegarle a fulano o mengano porque me había insultado por ser el hijo de la alcaldesa, o por no ser religioso, o por no jugar al fútbol, ella me decía que había que separar lo personal de lo político, que no debía odiarlo por eso y que quienes lo hacían mal eran ellos. Teníamos que aprender a ser diferentes, para ser mejores, decía. 

Cuando, ya siendo alcaldesa, yo llegaba a casa diciendo que iba a “coger del pescuezo” a un político X de un partido Y si me lo encontraba por la calle por haberle levantado la mano con la intención de pegarle en una revuelta de unos vecinos auspiciada por los de siempre, ella me decía que había que separar lo político de lo personal y que el odio nunca debía ser el motor de nada que hiciese en la vida. Quienes hacen eso, son quienes lo hacen mal. 

Cuando más tarde, siendo concejal en la oposición, los de siempre, con esa increíble capacidad que tienen de embaucar a los demás (y debo reconocer que casi lo consiguen conmigo) promovieron poner en el juzgado al por entonces concejal de obras, Jesús Encabo, mi madre me dijo que no debíamos judicializar la vida política (a no ser que hubiese metido la mano), que debía separar lo político de lo personal y que llevar una concejalía o ser alcalde o alcaldesa no era tan idílico como lo había estudiado en los libros, que era duro y que te juegas todo en cada decisión que tomas, aunque lo hagas pensando en tu pueblo. Finalmente, nos retiramos de esa denuncia, el PA también y el PP también si no recuerdo mal. Los de siempre se quedaron solos. 

Para desgracia de mi tranquilidad y la de mi familia, pero creo que, para alegría de nuestro pueblo, mi madre vuelve a estar en primera línea política, y durante estos años he vuelto a revivir todos esas sensaciones y sentimientos con los que aprendí a vivir tiempo atrás. Parece que nada ha cambiado. Los de siempre siguen con lo de siempre, con su odio de siempre y con su estrategia de siempre, ganar en los juzgados lo que no son capaces de ganar en las urnas. Pero no los odio. Creo que siempre los he tratado con respeto, los he defendido en infinidad de ocasiones dentro de mi organización, porque, desde la ingenuidad que me caracteriza, pensaba que eran de los nuestros, de nuestra clase, aunque tuviésemos discrepancias en las formas y a veces en el fondo. 

Pero no estaba preparado para comprobar, con dolor y asombro, que ni siquiera los vínculos emocionales que se remontan a una infancia en común, son más fuertes que el odio. Para eso creo que nunca estaré preparado. Me pregunto en qué momento, esa niña que recuerdo alegre, inteligente y trabajadora se ha convertido en cómplice de odiadores profesionales que jamás serán capaces de construir nada positivo, ni para ellos mismos, ni por supuesto para nuestro pueblo. Y puedo comprenderla. Ya os digo, conmigo casi lo consiguen. Pero cuando mi juicio falló, allí estuvo la inteligencia colectiva de mi organización, que me hizo ver que lo que hacíamos no era lo correcto. Allí estuvo mi madre para recordarme que lo que otorgan las urnas hay que arrebatarlo en las urnas, no en los juzgados. Por eso, me pregunto qué mecanismos han fallado en una organización a la que no reconozco y que se ha entregado a alguien capaz de construir en su mente una narrativa e imagen distorsionadas de la realidad para justificar cualquier cosa que desee conseguir.

Nunca es tarde para cambiar de rumbo, para volver al camino de la confrontación de ideas y proyectos, para hacer política desde la aceptación de las inevitables diferencias con otros grupos y comprender que a veces se gana y otras se pierde. Nunca es tarde para recordar que las aspiraciones políticas no deben deshumanizarnos y que debemos alejarnos de aquellos que actúan desde el odio, porque donde habite el odio, nunca habrá POLÍTICA.

Ángel Cardo Flores.

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