Diego Igeño

Ya se sabe que cuando los generales romanos retornaban victoriosos a la urbe, se les organizaba un monumental desfile en el que no faltaba un detalle. Pero como siempre tiene que haber una piedrecita en las «caligae», un servidor iba soplándoles al oído, como un molesto abejorro, la frase «recuerda que morirás», «memento mori» en la lengua del lugar. Con ello se trataba de bajarle los humos al vencedor y recordarle que al final nos espera la fosa y los gusanos para dar buena cuenta de nuestros despojos. Y aunque reconozco que el susodicho servidor era un aguafiestas, también comprendo que era una figura muy necesaria en los tiempos que corrían, en los que por un quítame allá esas pajas empozoñaban a un emperador en un plis plas.

Como lamentablemente la Historia -y las Humanidades en un sentido más amplio- no son ya del gusto de los perpetradores educativos de este país ni de los marinos de las procelosas redes internáuticas, no puedo esperar que tanto necio como por ahí anda suelto queriendo fastidiar y manipular con sus soflamas incendiarias conozca el pasaje arriba descrito. Pero lo conozcan o no -la ignorancia no es eximente válido- lo verdaderamente cierto es que tras consumir sus vidas en el enfrentamiento, el embuste, la calumnia, el «difamaquealgoqueda» y la mentira mil veces repetida -que nunca será verdad, pese a que su manual hitleriano se lo dicte-, tras conseguir el aplauso y la aquiescencia de los idiotas que siguen a los idiotas, tras querer sembrar pánico y cizaña, miedo e incertidumbres, las alforjas que llevarán en el último momento estarán repletas de la indiferencia generalizada del prójimo y lamentarán entonces no haber tenido alguien a su alrededor para recordarles, mezclando latines y la lengua de Shakespeare, «memento mori», «carpe diem» and «live and let live»; o lo que es lo mismo dicho de un modo más castizo, a la manera Ruiz-Mateos: que te mueres, leches, disfruta del momento y deja vivir (o acabaremos arrojándoos por la roca Tarpeya).

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