Quizás solo dos palabras sobren para definir la personalidad de Pepe Quintero: sencillo y artista.

Y es que la sencillez es una virtud maravillosa y no tan común como debiera ser. Sencillo no es sinónimo de una personalidad fácil o llana, sino de una personalidad de verdad y natural. Es uno de esos atributos que adorna a cualquier otro. Siempre está asociada con la humildad y denota nobleza y madurez. Por eso, aunque resulte paradójico, solo las personas extraordinarias cuentan genuinamente con esta cualidad. Es decir, que alguien se mueva con la idea de lo sencillo significa que lo que hace, lo hace con un comportamiento transparente y puro.

Y así me ha parecido siempre el trato con Pepe, en el que encontraba la sencillez que hace grande a las personas, alguien que es fiel a su esencia y no se esfuerza por mostrar algo diferente. Una persona afable que se mostraba capaz de disfrutar de las pequeñas cosas.

Dicen que el primer favorecido con la sencillez es quien la detenta, y así se manifestaba en todo lo que Pepe dio a Aguilar. Su amor infinito a la pintura, el entusiasmo por las cosas de su pueblo -al que se entregó generosamente en tantas y tantas actividades-, el afecto enorme a sus paisanos y su pasión por la música cofrade y la Semana Santa.

La sencillez es una cualidad de personas extraordinarias como lo ha sido Pepe Quintero, virtud que, junto a otras muchas han hecho de su caminar por la vida un ejemplo de honestidad con el que lo recordaremos quienes tuvimos la suerte de conocerlo.

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