Diego Igeño

Conforme voy descendiendo la cuesta de la vida, he apreciado que ha surgido a mi alrededor una patología que crece de manera exponencial: la sincerebritis. Consultado un diccionario médico he leído que, en efecto, se trata de una enfermedad de alarmante difusión pandémica, detectada en el género humano (sin distinciones de edad, sexo, credo o raza) que se caracteriza por los siguientes síntomas:

Primero: ombliguismo compulsivo. Los pacientes que la sufren demuestran una grave obsesión por mirarse el ombligo. Esto en realidad no es propiamente un síntoma, sino una consecuencia que muestra otras dolencias internas más severas: egoísmo, egolatrismo, vanidad y narcisismo. El afectado cree que el mundo gira a su alrededor y que, por tanto, los hechos y las personas han de adaptarse a sus deseos, caprichos y opiniones.

Segundo síntoma: malapersonitis. Se detecta una inflamación anormal de la glándula Badperson o lo que es lo mismo, una malapersonoplasia benigna. Los aquejados muestran dos variantes: o una absoluta indiferencia hacia el prójimo o, lo que es peor, una sádica satisfacción en hacer daño a cuantos le rodean. En los casos más graves analizados, confluyen ambas tendencias con lo que el enfermo ningunea y hiere al que tiene al lado en un bucle que alterna sin solución de continuidad los dos comportamientos. A veces, se produce una interacción de la glándula citada con el insulprecio que, como todos ustedes saben, es el órgano secretor del desprecio y el insulto. Ello lleva al sincerebrista a extremar sus ataques contra aquellos que convierte en enemigos (en realidad, todo el mundo, si bien se observa en la mayoría de los infectados una fijación enfermiza hacia ciertos individuos).

El tercer síntoma es el exhibicionismo. El enfermo tiene que hacer pública y continua ostentación de su conducta. Ello ocasiona que de una forma destemplada use las redes sociales para vomitar sus ansias y miserias al tiempo que para exorcizar sus innumerables complejos.
El cuarto, el gilipollismo. El músculo que lo contrae se atrofia, por lo que esta señal da la cara, mostrándose tan evidente que es perfectamente perceptible sin la realización de ningún tipo de análisis o placa de contraste.

El último de los síntomas por ahora detectados es el de la amnesia selectiva. Es un mecanismo que les ayuda a olvidar sus despropósitos y contradicciones para estrujar solo lo que consideran inaceptable en los demás y válido para sí mismos. Es, usando el lenguaje bíblico, el clásico ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio. Se trata, según todos los expertos, de una defensa fundamental para este tipo de pacientes que, desprovistos de cualquier tipo de ética de comportamiento, recaen en actitudes o pensamientos opuestos entre sí. De no producirse esa amnesia selectiva caerían en una fuerte esquizofrenia ideológica y moral que cortocircuitaría su sistema neuronal en el caso de que lo tuvieran claro. Porque, como su propio nombre indica, la principal manifestación de la sincerebritis es esa, la falta de cerebro y, por tanto, de inteligencia, del raciocinio que permite establecer la diferencia entre el bien y el mal, lo justo y lo injusto, lo correcto o lo incorrecto, etc.

Finalizamos con la última evidencia científica extraída de un estudio exhaustivo de tres especímenes de homo ipagrensis gravemente afectados: el gen autodestructivo. Son seres que paso a paso destruyen sus nexos con la sociedad hasta quedar absolutamente solos y marginados, despreciados por quienes les rodean.

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