Rafa Pino

En una noche distorsionada por el ruido de fondo, los amantes del flamenco hemos sido testigos una vez más de la grandeza de este arte.

A las diez y cuarto de la noche daba comienzo otra velada flamenca, que no hacía sino, continuar con la misión perpetua de difundir el flamenco entre los aficionados y amigos de la Curro Malena, y con la inestimable colaboración de la federación de peñas cordobesas.

Ha sido una noche perfecta.

Dos artistas que se han vaciado en nuestro escenario con aroma de jazmín y aguardiente, entre la juventud más pura y la sabiduría de los años. Con una profesionalidad fuera de toda duda.

Y no han sido dos, sino tres. La melodía que emanaba de la guitarra de Manolo Flores, el cual los ha llevado entre la seda y el terciopelo de sus cuerdas, ha sido el culmen de otra noche para el recuerdo. Los acordes y falsetas que salían de la guitarra de Manolo Flores rompieron en palmas. La gente de la Curro Malena sabe escuchar y apreciar el arte cuando lo tiene delante.

Ana Jiménez Valencia arrancaba la noche por soleares y la remataba por fandangos, y entre medias, nos ha regalado cantes por tientos tangos, alegrías, peteneras y bulerías; con una voz y unos giros de garganta que anticipan el enorme techo al que puede acceder una niña de veintidós años. Con la elegancia de una señora del cante a la que le queda toda una vida por delante para conseguir las metas que se proponga.

Está joven priegense tiene un gusto cantando y un duende en la voz, que la hacen merecedora de tenerla muy en cuenta de aquí en adelante.

Y si el inicio fue bueno, el final ha sido extraordinario. Antonio Gómez «El Califa» a sus setenta y tres primaveras, con la sabiduría, templanza y conocimiento excelso del flamenco, nos ha regalado una actuación llena de emotividad y pureza.

«El Califa» inició su periplo con unos cantes de trilla, que trasladaron al respetable a tiempos pasados. Cantes que apenas se escuchan en estos tiempos modernos, con esa ortodoxia cantando que añora el purista flamenco. Continuo por soleares, con un torrente de voz inusitado y un temple en los compases que demostraban a las claras la sapiencia flamenca del artista. La seguirilla, la granaína y los fandangos han dado fe de la pureza y elección de los cantes por derecho, como dirían los puristas, que ha elegido este artista septuagenario.

La noche ha merecido la pena. Nuestro patio flamenco cordobés, y con muy buena asistencia, ha sido testigo nuevamente de la magia que proporciona el flamenco cuando se canta y se escucha con el alma.

Gracias a la federación de peñas cordobesas por seguir apostando por el flamenco, por defender este arte contra viento y marea, y por qué el flamenco es familia, hermandad y pasión.

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