Doce de la noche y una fábula por contar

foto_cabrainformacionDicen de mí bocas viejas que acudí envuelta entre la negrura de milenios arrastrados a mi paso y el silencio sepulcral. Me hicieron protagonista aunque no era yo la importante, ni quizá, fueran mis antiguas palabras las mejores para describir lo que alguna vez se convirtió en fábula… Aseguran que de esta manera fue tal como sucedió:

– ¿Qué te ocurre? – pregunté.

– No lo entiendo…

– ¿Qué no entiendes viejo amigo?

– Qué lo hayas dejado aquí el mismo tiempo que a mí. Qué haya vivido una vida plácida aún a sabiendas de los crímenes que cometió, ¿Acaso no estabas presente cuando fue disparando uno por uno a aquellos inocentes? ¿No fuiste tú misma quién los recogió de la fosa inmunda que cubrieron con tierra y cal…?

– Sé lo extraño que parece. Noto la impotencia en tu mirada cansada y no puedo dejarte marchar sin ofrecerte una explicación…

Eso le dije ofreciéndole mi brazo para que me acompañase. Ni siquiera volvió a preguntar. Se irguió sobre su viejo cuerpo y caminó sereno a mi lado. A cada paso perdía la noción del tiempo, ya no le dolían los años. El paseo le hizo bien y sin darse cuenta lo conduje hasta el lugar que menos esperaba. La casa estaba vacía, solo dos cirios negros brillaban entre las sombras delante de un ataúd. En una esquina lloraba un hombre. Gritando suplicaba que se marchasen. Al principio mi compañero no vio nada y al mirarme alzó los hombros en un gesto que delataba su falta de entendimiento. Giró la vista de nuevo hacia el hombre y alrededor de aquél vio presentarse decenas de hombres y mujeres desarrapados sin rostro aguardando el momento para llevárselo.

– Es…
– El mismo.

¿Dónde lo llevan?

– Dónde merece estar…

Le mudó el rostro. Una vida entera y en el último momento su alma se llenó de compasión. Supe del odio que le profesó. Conocí todo el mal que le había deseado no en vano tenía razones sobradas, aunque llegado aquel instante olvidó por completo el rencor guardado durante años…

– ¿Entiendes ahora qué todos tenéis un destino concreto?
– Sí, pero por qué esperar una vida para que acabe así…

– Tu mente mortal no será nunca capaz de comprender la grandeza de una vida tal como la tuya, llena de momentos únicos e irrepetibles, llena de amor y tampoco la miseria que esconde una vida en la que la peor de las torturas se repite sin cesar en su cabeza…

– Me miró como nadie lo había hecho. No tenía miedo. Mi viejo amigo, a quién en alguna ocasión anterior tuve la tentación de visitar, había comprendido. Me tendió la mano y dijo gracias. Situándose a mi lado nos acompañamos mutuamente. Su cuerpo mortal quedó dormido con una sonrisa en la cara y el gesto sereno.

Siguen diciendo las lenguas de bocas viejas que eran las doce de la noche cuando una luz salió por la ventana al mismo tiempo que dos cirios negros se apagaban dejando en tinieblas un ataúd que ningún mortal quiso cargar sobre sus hombros hasta llevarlo al cementerio y otorgarle paz. Piensan que fui yo misma quién por cansancio o simple aburrimiento quiso realizar un acto distinto al pactado entre los hombres y yo pero quién sabe, ¿Acaso no dicen que las leyendas son todas  mentira?…

Fran Zurera. Historiador.

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