Y la tarde fue sucumbiendo tras las ruinas del Castillo mientras los últimos rayos de sol se esparcían por el cerro de San Cristóbal llenando de fulgor la salida de la cofradía del Barrio Bajo. Poco después, la noche cubriría las calles por donde el fúnebre cortejo del Santo Sepulcro avanzaba entre salmos de Miserere y tañidos de matraca con el tenebroso arrastre de la historia sacra en las colas negras de luto profundo. Tras la muerte del Mesías transitaba la Soledad de María elevada al máximo exponente del dolor humano y encumbrada al retiro impuesto de la cruz vacía.
Magnificencia y solemnidad derrocharon en la noche del Viernes Santo las tres cofradías que elevan con su clase y maestría al máximo exponente la categoría de la Semana Santa de Aguilar. Cada una con su peculiaridad se complementa armonizando una procesión general que tiene su apertura en la sin par salida del Cristo de la Salud y la Piedad en las primeras horas de la tarde, y su epílogo en la claustral procesión del Yacente por la calle Villa tras ser desentronizado en su casa hermandad.
Si lo popular es lo genuino de la cofradía sancristobalera, y la suntuosidad se nivela en el Santo Sepulcro, la exquisitez es patrimonio de la Soledad. Impresiona ver el cuido y esmero que pone en todo la hermandad que cierra el Viernes Santo, provocando admiración su desfile procesional desde la Cruz de guía, hasta el último músico de la Banda Municipal, que es también parte inherente de la cofradía.






