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Las  fotografías antiguas nos hacen volver a ese instante que recupera el recuerdo de los vivido, nos trasladan a ese momento efímero en que todo se conjuga para que el todo sea inmortalizado. Permiten  poder simplificar un recuerdo en varias líneas. Hay  fotografías que por diferentes motivos han marcado un punto de inflexión dentro de nosotros. Sin lugar a dudas, nos evocan tiempos y vivencias que llenaron páginas de nuestra vida que son repasadas cuando, pasados los años, las volvemos a descubrir fijadas en una imagen.

La que mostramos en esta Imagen Vivida compendia las tardes de domingo, a finales de la década de los sesenta, y la cita ineludible en el  Cine Victoria a las 4 de la tarde para entrar a la sesión infantil, ceñida siempre a películas que mostraban  la eterna pugna entre los indios y el Séptimo de Caballería, los desafíos entre pistoleros y cuatreros, o las aventuras en la jungla de Tarzán de los monos.

La potencia evocadora de estas imágenes permite rescatar recuerdos  que forman parte de la memoria individual y colectiva. Presencias de personas que, como los conserjes y porteros del cine, forman parte de ese recuerdo personal que nos fija en el espacio y el tiempo.

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