El recuerdo de mi abuela me lleva siempre a la infancia, a ese territorio luminoso donde todo parecía eterno. Vuelvo, inevitablemente, a un patio enchinado, custodiado por paredes blancas y rejas negras que dibujaban sombras caprichosas bajo el sol del verano.

En un rincón del patio  estaba el lebrillo de barro. Allí, entre risas y juegos, la abuela nos bañaba cuando el calor apretaba. El agua fresca resbalaba por nuestra piel mientras sus manos, firmes y amorosas, nos cuidaban con esa ternura que solo ella sabía dar.

No era solo un baño: era un ritual de amor sencillo. La abuela reía con nosotros, y en esa risa cabía el mundo entero. El patio no era grande, pero en mi memoria se extiende infinito, lleno de luz y de seguridad.

Porque la infancia pasa, pero el amor de las abuelas queda sembrado para siempre en el corazón.

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