
La Semana Santa seguía su curso y el Martes Santo se abrió paso dejando tras de sí una noche difícil de olvidar, cargada de emoción y recogimiento en torno a la Cofradía de Jesús Preso y la Virgen de los Desamparados.
La tarde caía con suavidad primaveral cuando el Llano de la Cruz comenzó a transformarse. Poco a poco, el bullicio del gentío fue dando forma a una estampa viva, casi suspendida en el tiempo, en la que la belleza y el sentimiento se entrelazaban. Entre miradas expectantes y un silencio contenido, la Cofradía avanzaba, abriéndose paso con solemnidad entre una multitud que llenaba cada rincón del emblemático paseo.
Había en el ambiente algo especial, reflejo del momento que vive la hermandad en los últimos años. Sus tronos, cada vez más cuidados y majestuosos, parecían cobrar vida bajo la luz tenue del atardecer, mientras las bandas que los acompañaban envolvían la escena en una atmósfera de excelencia sonora.
Y entonces llegó la noche. Con ella, la música se volvió plegaria y el recogimiento se hizo más profundo ante la imagen del Ecce Homo de la Vera Cruz. La talla, de marcada impronta barroca, brillaba con renovada intensidad tras su reciente restauración, dejando ver cada detalle, cada matiz, como si el tiempo se hubiese detenido para realzar su belleza.
Fue una noche de fe y de arte, de silencio y de emoción, de esas que permanecen en la memoria mucho después de que las luces se apaguen y el eco de la música se disuelva en el aire.






