
Uno escucha los resultados electorales de Andalucía y piensa, bueno, allá ellos, la democracia consiste precisamente en aceptar que la gente vote incluso aquello que después acabará lamentando, porque tampoco sería democrático permitir únicamente el voto de quienes coinciden con nosotros, faltaría más, pero aun así cuesta comprender ciertas cosas, cuesta de verdad, sobre todo en una tierra donde tantos dependen de aquello mismo que ahora parece haberse convertido en sospechoso, la sanidad pública, la escuela pública, las ayudas públicas, como si todo eso hubiese aparecido espontáneamente, igual que aparecen las grietas en una casa abandonada.
Y claro, después vienen los hombres serios de la televisión diciendo que la gente ha votado estabilidad, palabra curiosa, estabilidad, porque normalmente significa que quienes ya estaban cómodos continuarán cómodos y quienes llevan meses esperando un especialista seguirán esperando también, aunque ahora con menos presupuesto y más discursos sobre eficiencia, que es una manera elegante de decir que habrá menos para casi todos y mucho más para unos pocos.
Lo verdaderamente extraordinario, y aquí la ironía ya resulta inevitable, es contemplar cómo un pueblo históricamente castigado por la desigualdad termina votando a quienes consideran los derechos sociales un exceso y el Estado una molestia, como si la dignidad fuese cara pero la ignorancia saliera gratis. Pensionistas defendiendo recortes, trabajadores precarios indignados porque existen demasiadas ayudas, personas sostenidas durante años por servicios públicos votando a quienes llevan tiempo preparando su deterioro lento y rentable, todo ello mientras se repite la palabra libertad con el fervor casi religioso de quien no sabe muy bien de qué quiere liberarse.
Y ahora, además, será necesario pactar con el fascismo, aunque ya casi nadie se atreva a llamarlo así porque hemos decidido suavizar las palabras para no incomodar a los culpables, de manera que al fascismo se le llama extrema derecha, igual que antes a la miseria se le llamó austeridad y a la explotación flexibilidad laboral. Y mientras tanto aparecen hombres enfadados culpando a inmigrantes, mujeres, maestros o pobres todavía más pobres, y una parte considerable de la sociedad escucha todo eso con alivio, quizá porque siempre tranquiliza encontrar un culpable sencillo cuando uno no quiere mirar demasiado arriba.
Tal vez el verdadero triunfo de nuestro tiempo no sea electoral sino moral, haber conseguido que tantas personas olviden que lo público no era un regalo sino una conquista, que la solidaridad no consistía en caridad sino en inteligencia colectiva, en comprender que nadie conserva mucho tiempo sus propios derechos cuando empieza a alegrarse de que otros pierdan los suyos.
Y después uno ve una bicicleta atada a un poste, desmantelada poco a poco hasta quedar reducida a un esqueleto de metal, sin ruedas, sin rumbo, sin utilidad, y entiende que así ocurren también las derrotas colectivas, nunca de golpe, nunca con estruendo, sino pieza a pieza, servicio a servicio, derecho a derecho, mientras la gente pasa por delante acostumbrándose lentamente a la ruina, quizá incluso admirando todavía el candado, convencida de que aquello sigue siendo una bicicleta simplemente porque conserva la forma de una bicicleta.



