Dedicamos el segundo capítulo del anecdotario a evocar un curioso suceso sentenciado el Viernes Santo de 1931 y cumplido en el de 1932. Al igual que el anterior relato es indicativo de la avidez con que muchos aguilarenses defendieron el advenimiento de las dos Repúblicas en España. En esta ocasión el protagonista fue un personaje de gran carisma y popularidad en su tiempo, debido a la profesión de barbero que ejercía y a la elocuencia con que discutía sus postulados ideológicos.

 Su nombre era desconocido para la mayoría de los vecinos, ya que popularmente se le nombraba desde niño con el apodo de “el Manana”, denominación que tomó la propia barbería, tal como mostraba el cartelito colocado en la ventana y pintado adrede con los colores republicanos. Dicho local era un habitáculo que señalaba la frontera entre el Llano de la Cruz y la Calle Moralejo Segundo. Sus escasas dimensiones limitaba el acceso de clientes y contertulios, lo que convertía a la ventana en improvisado locutorio para los que se sentaban en el rebate o descansaban su cuerpo sobre la reducida fachada. En su interior,  las paredes oscurecidas por la vejez de la cal se adornaban con un espejo grande; dos jaulas de alambre; la repisa con el viejo radio cubierto por un pañito de encaje, y presidiéndolo todo, un marco de madera tras cuyo cristal se conservaba una antigua litografía del Nazareno que, según el propio “Manana”, estaba allí desde antes de que él llegase, antigüedad que respetaba porque -su agnosticismo estaba fuera de toda duda-.   

  De condición humilde, la vida del popular barbero estuvo marcada por las necesidades inherentes a las clases más pobres de aquella época. Penurias agravadas por las propias desdichas del personaje que provocaron que enviudase en dos ocasiones, teniendo tan solo una hija nacida del segundo matrimonio que quedó huérfana a muy corta edad.

 Era un hombre de fuertes convicciones políticas que defendía con vehemencia gracias a su locuaz oratoria pulida en mil batallas mantenidas con los parroquianos asiduos a la barbería. Su ímpetu era equivalente al grado de tolerancia que ejercía, condescendencia reflejada en la diversidad ideológica de su clientela. Derrochaba sapiencia y soportaba estoicamente los embates de quienes, en muchas ocaciones sólo por turbarlo, le ponían la contra con argumentos bizantinos.

Su erudición y afición al debate político habían convertido la barbería en un “parlamento” en el que, ya fuese de mañana o  tarde, se ocasionaban improvisadas sesiones con turnos de réplica y contrarréplica, ocupando sus señorías, como escaños, las oscuras sillas de enea, el quicio de la puerta o la reja de la ventana. La política, en su máxima expresión popular, tomaba asiento todos los días en tan prestigiada cámara, donde el célebre fígaro aguilarense solía impartir lecciones  magistrales de republicanismo.

     !Cuantas historias gaurdaban las cuatro paredes de aquel tabernáculo! Contaban que durante la dictadura del general Miguel Primo de Rivera “el Manana” y sus barbería eran vigilados desde el cercano Casino de la Unión Patriótica por el alcalde Vicente Romero. Tiempos difíciles para los entonces insurrectos demócratas que tuvieron que salvaguardar su integridad física sin dejar de defender sus ideales. Épocas gloriosas, por el contrario, para las coplas de carnaval que se arrogaron el mensaje político subversivo, y cuyos inspirados autores, compadres del maestro barbero, eran asiduos del lugar. En el compuso “el Niño Reyes” el célebre cuplé de “la calle de los Peligros “, y Eustaquio Monedero se inspiró, tras ver dar un resbalón a una mujer mientras lo afeitaba “el Manana” en el que bautizó con el nombre de “Por la calle Moralejo Segundo” .

“La otra tarde al llegar a mi casa me encontré a mi esposa que muy apená, yo le dije que es lo que te pasa y ella muy dolida se me hechó a llorar,

Que al pasar por la calle Moralejo Segundo al cambiar de acera me quedé atascá, ya la han arreglado, se puede pasar, y ahora dice que no está conforme y al Ayuntamiento quiere reclamar,

Cayó en el barro serían las dos, pudo salirse a la oración, le pertenece medio peón”.  

La Caida  del gobierno de Primo de Rivera , tras seis largos años de dictadura, dio paso a la denominada Dictablanda, tiempo en el que la tolerancia política permitió restablecer los debates a viva voz en el cenobio republicano del Llano de la Cruz. La posibilidad de un cambio de régimen se sentía cada vez más cercana y la inquietud por que se produjese llevó al barbero a protagonizar un anecdótico suceso, demostrativo del júbilo con que éste esperaba la llegada de la República.

Sucedió en la mañana del Viernes Santo de 1931. Ese día, único del año en el que “el Manana”  no pelaba ni afeitava, el local se convertía en una improvisada tasca a la que acudían clientes y amigos demandando la copa de Machaquito que tradicionalmente se repartía  para celebrar la jornada de huelga. Era costumbre  de los presentes ver pasar por  la puerta  la procesión del Nazareno, desde donde, con más voluntad que arte, se solían cantar saetas aguardientás, llenas de sátira, con las que el pueblo se identificaba masivamente.    

“No hay perna como tu pena, no hay dolor ta dolorido, ni caenas que duren tanto como el pueblo las ha sufrido”

“Al pueblo que te quiere échale la bendición y a los que no quieren al pueblo tenlos Señor en compasión”   

Estimulado el espíritu por el cante y el cuerpo por el destilado aguardiente consumido, el entusiasmo devocional y político de los asistentes se disparaba hasta extremos de haber originado más de un disgusto al pobre barbero, al que responsabilizaban los Civiles de promover dichos espectáculos. En el fondo, y aunque siempre lo negó, a él le complacía más que a nadie estas “fiestas”.  Imbuido de dicho espíritu y estando el Nazareno en la puerta de la barbería a eso de las 7 de la mañana,  se asomó a la ventana  y traspuesto de emoción hizo el amago de santiguarse  e interpeló en voz alta a la Sagrada Imagen: 

- Maestro, si pa cuando vengas el año que viene ya tenemos República te prometo que me afeito en seco el bigote delante de to el mundo-.      

Antonio Maestre Ballesteros