
La Teología de la Liberación nació en América Latina, en los años sesenta, como un grito de esperanza y justicia. Un movimiento teológico y social que interpreta el Evangelio desde los ojos de los oprimidos y propone transformar las estructuras injustas que condenan a tantos a la pobreza y al olvido.
Su raíz más profunda está en la opción por los pobres, ese llamado evangélico a ponerse del lado de quienes menos tienen, no por caridad, sino por justicia.
Imposible rendirle homenaje a Manolo Varo sin sentir que las palabras se quedan cortas. Fue un hombre profundamente coherente, comprometido con su fe y con los más humildes.
Cura obrero, estuvo junto a los trabajadores en la azucarera, reclamando derechos y condiciones dignas, no desde el púlpito, sino desde el mismo suelo donde se libra la vida.
Vecino y activista, incansable luchador por su barrio y por su ciudad, convencido de que el transporte público, los accesos y los equipamientos no son lujos, sino derechos que dignifican a las personas.
Comprometido con los movimientos de Acción Católica, consiliario en el Junior y en la JOC, fue guía y compañero en campamentos, colonias y en cada espacio donde la fe se hacía acción.
Párroco en una parroquia periférica, con múltiples núcleos, donde junto a Manolo Gómez acompañó, escuchó y compartió las alegrías y las heridas de una comunidad marcada por el paro, la droga y la desigualdad. Nunca se rindió. Siempre buscó soluciones, siempre tendió la mano.
Su pérdida es inmensa. Nos deja el ejemplo luminoso de una vida entregada, de una fe encarnada en lo cotidiano, de un amor que no se conforma con rezar, sino que se organiza, lucha y transforma.
Porque en tiempos de indiferencia, personas como él son faros que nos recuerdan que el Evangelio también se escribe en las calles.
Lele Gómez.



