La muerte de nuestras viñas

En los últimos 25 años, han desaparecido del termino de Aguilar de la Frontera ( al igual que en el resto de Andalucía) más de la mitad de sus viñas y viñedos. Las ayudas comunitarias que subvencionaban los arranques de las viñas y el argumentado y siempre difícil y complejo mercado de los vinos finos han sido las principales causas de esta desaparición devastadora. 

De la mano y unido también a este debacle “nacional”, junto a los viñedos centenarios han desaparecido también muchos de los lagares , bodegas y lagaretas familiares donde antaño la pisa de la uva y su conservación ancestral para convertirse en el caldo de los dioses, fue todo un arte transmitido de padres a hijos … de generación en generación. 

Lejos quedan los tiempos en los que los ruedos y las salidas de los pueblos se vestían de verde con la llegada de la primavera, convirtiéndose en inmensos jardines, donde sus frutos se transformaban con el calor del verano en doradas gotas de lluvia.

Este signo milenario de nuestra cultura y bastión de nuestra economía está quedando reducido a la nada y hoy por hoy, se enfrenta a uno de los problemas más graves de su existencia. Su total desaparición, es sólo cuestión de tiempo, pues el establecimiento de primas económicas ha sido el argumento de los mercaderes para que se disparara durante los últimos veinte años el arranque de nuestras viñas. 

Las campañas planificadas de eliminación del viñedo reguladas desde la Comunidad Económica Europea, han jaleado a nuestros necesitados agricultores en busca de la subvención más cuantiosa, sin que ninguna administración, ni local, ni autonómica, ni nacional hayan jamás establecido un límite razonable a la eliminación de viñedos, a pesar eso sí de que todas han gozado y gozan de capacidad legal para frenar esta lenta reconversión agraria y nuestra maltrecha economía básicamente agraria no podrá resistir por mucho tiempo más la destrucción masiva de nuestro tejido productivo. 

Son tiempos de crisis y para el campo esa palabra no es desconocida. Amparándose en la falta de productividad de los cultivos y la oportunidad de dedicar las tierras a otros cultivos más rentables, nuestras viñas se mueren. Desaparecen de nuestro entorno y paisajes. Y con ellas una forma de vida.

 

Una vida rural, fruto de una cultura específica, que siempre se adaptó a las nuevas

condiciones de vida y al trabajo duro, inserta en sus costumbres y portadora de la tradición que aún cultiva y mantiene.

 

Rafael Espino Navarro.-

 

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