1 de Agosto. 85 años después … a la memoria de mi abuelo Antonio Espino Jiménez.

Autor: Rafael Espino Navarro

       ” No creo que haya pueblos ni hombres que nazcan sólo para morir.”

    Antonio Gala                                            

¿Donde están?.  Esta ha sido la pregunta que nuestra familia se ha estado haciendo durante más de 85 años. Estaban en algún sitio pero nadie sabía dónde. Esta misma pregunta nos la hemos estado haciendo los familiares desde el mismo día que se los llevaron un 1 de agosto de 1936, los asesinaron y no volvieron. Nunca más supimos de ellos.

Su búsqueda comenzó con sus viudas, sus padres e hijos y ha continuado con sus nietos. Jamás hemos dejado de buscarlos. Nunca les hemos olvidado.

85 años después aún seguimos  buscando a alguien a quien se quiere. Queriendo saber lo que sucedió y obtener respuestas a estas y otras preguntas. ¿Quién?, ¿Cómo?, ¿Cuando? , ¿Donde?. Estos han sido y continúan siendo los interrogantes a los que todas nuestras familias buscan respuestas.

Unas respuestas que nunca hemos conocido, por que las preguntas nunca se pudieron formular. Aún hoy, tras el tiempo transcurrido se alzan voces que gritan … que los dejemos en paz. Dicen esas voces ¿que para que sirve ya buscarlos? y que ya esta bien de remover el pasado.

A todas esas voces quiero decirles que jamás hemos perdido la esperanza de conocer lo sucedido y de encontrar sus cuerpos, por una sencilla y humana razón. Son parte del eslabón perdido, de nuestro pasado reciente. Nuestra cadena genética se quebró con su asesinato y hemos de volver a recomponerla. No, no removemos nada con ello, en todo caso desempolvamos la capa de olvido y silencio que sobre sus desapariciones se impuso oficialmente y aún hoy sigue cubriendo injustamente su existencia.

¿Donde están?, nos hemos preguntado una y otra vez. Y una y otra vez hemos tenido que renunciar a regañadientes a poder recuperarlos físicamente. Los verdugos hicieron muy bien su trabajo. Jamás supimos donde buscarlos, jamás supimos donde encontrarlos, jamás supimos donde llorarlos

Entre sollozos y llantos de dolor durante muchos años hubo que callar y no hacer preguntas. Se prohibido hablar de ellos, llorarlos o recordarlos. Pretendiendo con ello que su existencia jamás se conociera. Hubo que correr un tupido velo y olvidar por imposición a nuestros familiares, olvidar también todo lo demás.

La vida, la injusta vida, fue así de terrible para centenares de miles de familias, que solo pretendían cerrar el duelo, y tener así un lugar donde poder honrarles y tributarles un último recuerdo.

Pero jamás aceptamos por completo la desaparición sin más.

Nuestras familias se vieron sometidas a décadas de silencio y ocultamiento de la verdad,  y hoy solo buscan respuestas a un pasado amordazado y secuestrado por el intento de hacer desaparecer de la memoria colectiva, las vidas y las historias personales de unas personas que fueron asesinadas injustamente, por el solo hecho de querer y pretender vivir en una sociedad más igual para todos, más justa y más libre.

Nuestra búsqueda ya se ha convertido en un objetivo primordial y prioritario para acercarnos al conocimiento de esa verdad que demandamos después de estar sometidas a guardar silencio y a no hacer demasiadas preguntas, a soportar en incontables ocasiones el rechazo social, la exclusión e incluso la humillación personal.

Como familiar de represaliados, esta misma pregunta ha sonado dentro de mi cabeza, marcando durante muchos años mi vida. Siempre me inquieto, desde muy pequeño, desde el primer momento que tuve constancia de lo acontecido, me animo el deseo irrefrenable de saber ¿porque los asesinaron?, ¿en qué lugar se perpetraron los asesinatos? y ¿donde se ocultaron sus cuerpos?.

Todo este proceso de búsqueda ha sido largo, duro y a veces tremendamente complicado. Muy complicado diría yo. Pero por fin ha dado sus frutos.

Para ello ha sido fundamental la intervención de personas que tanto a través de la aportación de sus testimonios como con su compromiso personal y humano han contribuido de forma notable a que este proceso pudiese comenzar a tomar forma.

Hace ya casi siete años , a finales del año 2005 mi inquietud y determinación personal hicieron que me embarcara en la noble y loable tarea de conocer la verdad. A lo largo de todo este tiempo he trabajado denodadamente con un claro y decidido objetivo: en primer lugar para que se conozca la verdad y se conozca  lo sucedido y en segundo lugar para deshacer lo que los verdugos y asesinos hicieron y que así … la muerte no tenga la última palabra.

Conocer la otra parte de la historia. La que nunca se contó. La que se oculto y no interesaba que nadie conociera nunca.

Conocer lo que les ocurrió a más de doscientas personas de esta localidad ( entre las que se encontraban 7 miembros de mi familia el alcalde José María León Jiménez, mi abuelo Antonio Espino Jiménez, su hermano Manuel Espino Jiménez, el sobrino de ambos Manuel Jiménez Espino, su primo Francisco Jarabo Espino y los hermanos de mi abuelo materno, los hermanos Navarro, Antonio Navarro Navarro y Francisco Navarro Navarro) ha marcado el ritmo de las horas de mi investigación y el trabajo que he venido desarrollado durante estos últimos años.

Mi abuelo Antonio Espino Jiménez, nació en Aguilar de la Frontera, el día 9 de enero de 1901, en una familia campesina, era el primero de cinco hermanos. Contrajo matrimonio con Francisca Pavón Guerrero, del que nacieron cuatro hijos.

El comienzo de la guerra civil, le sorprendió en Aguilar. Era Aguilar en el año 1936, un pueblo sin conflicto alguno entre patrones y obreros, prueba de ello es que las bases para el trabajo de ese año, se firmaron sin ninguna dificultad. Los acontecimientos que ocurrieron en Aguilar en el mes de Agosto de 1936, cambiarían por completo su vida y por ende la de toda su familia. El 18 de julio de 1936, tras la noticia del alzamiento militar, los obreros agrícolas tomaron el pueblo, encarcelando a la directiva local de Falange Española y Acción Popular, y a algún que otro patrono.

El teniente de la Guardia Civil, hizo promesa expresa ese mismo día de fidelidad a la Republica ante el Ayuntamiento de Aguilar de la Frontera en pleno. No fue así, el día 19 de agosto, la Guardia Civil, publico en bando de guerra y tomó el Ayuntamiento, dejando libres a todas las personas encarceladas y encarcelando a la mayor parte del pleno del Ayuntamiento, entre ellos el alcalde socialista José María León Jiménez, que fue fusilado el día 2 de agosto. La Guardia Civil de Aguilar, se destacó enormemente en la represión llevada a cabo durante esos días, fusilando a más de un centenar de personas.

Todo se mantuvo en este ambiente hasta el día 24 de julio, fecha en que Aguilar, fue bombardeada por la aviación nacional procedente de Sevilla, en la creencia de que los “rojos”, se habían hecho fuertes en Puente Genil y se dirigían a Aguilar, para sitiarla y tomarla. Mucha gente murió en el bombardeo, y otros muchos huyeron al campo. Antonio Espino Jiménez, se encontraba entre estos últimos, toda su familia, esposa, hijos, hermanos, padres, huyeron a un cortijo propiedad de un patrón donde habitualmente todos trabajaban la mayor parte del año. Esto ocurría el día 24 de julio, día en que la Guardia Civil de Aguilar pidió refuerzos a las localidades vecinas, Lucena, Monturque, de donde llegaron más guardias civiles y se entabló un tiroteo que duró varios días, entre éstos y algunos obreros armados de escopetas, que llegaron procedentes de Aguilar y Montilla. La Guardia Civil tomo el pueblo.

Pasaban los días y el de julio, Antonio Espino, acompañado de su hermano menor Manuel Espino Jiménez y varios hombres más, decidieron ir a Puente Genil para aprovisionar de alimentos y otros menesteres a sus familias, que llevaban varios días en el campo. Descartaron acudir a Aguilar, porque tenían noticias de los tiroteos acaecidos días antes.

Su llegada a Puente Genil no pudo ser en peor momento. El día 31 de julio, Puente Genil estaba siendo tomada por tropas del comandante Castejón, que el día 28 de julio, salieron de Sevilla con un único objetivo “tomar Puente Genil “. Atacaban Puente Genil, una bandera del tercio, una compañía del Regimiento de Granada, un escuadrón de a pie, una compañía de sanidad, una sección de zapadores, otra de asalto, otra de requeté y otra de falange, además de varias baterías y vehículos blindados, a las que posteriormente se unirían otras columnas de guardias civiles procedentes de Ecija y que se nutrirían de más efectivos al pasar por las localidades de La Rambla ,Fernán Núñez, Montilla y Aguilar. La ocupación de Puente Genil fue rápida. La represión salvaje.

A todos los hombres que encontraban en la calle, en sus casas, en las afueras se les fusilaba inmediatamente. Los aviones no cejaban en su bombardeo. Fue horrorosa la matanza, y se cuentan en mas de mil los fusilamientos que se llevaron a cabo ese día. Antonio Espino, su hermano Manuel y varios acompañantes más, fueron detenidos y encarcelados posiblemente en la improvisada prisión del “Molino del Marqués”. Reconocidos ambos por algunos guardias civiles de Aguilar, de los que se sumaron a las fuerzas procedentes de Ecija, los maniataron y fueron conducidos a la cárcel de Aguilar de la Frontera, en la tarde noche del día 31 de julio de 1936.

La madrugada del día 1 de Agosto, apuntando el día, fueron junto con algunas personas más, subidos a un camión y conducidos al cementerio de Aguilar de la Frontera. El sitio ideal para perpetrar el crimen que tenían pensado sus verdugos. Delante de las tapias de la zona sur del cementerio, esa misma mañana fusilaron a Antonio Espino Jiménez (36 años), Manuel Espino Jiménez (26 años), Manuel Jiménez Espino (17 años) José María Alba Olmo (30 años) y Manuel Espada Casaña ( 33 años).

Recuperar sus restos, encontrar sus cuerpos y dar digna sepultura a estas personas, se convirtió en todo un desafío, un deber solidario que creo que todos hemos de apoyar. Sus nombres, su historia, recuerdan las personas que fueron, transmiten su legado histórico y nos hacen poder recuperar la memoria perdida. Sus cuerpos han sido encontrados, exhumados e identificados. Han sido entregados a las familias, como siempre debió ser. 

“ Desearía encontrar el rastro de mi abuelo y mis tíos abuelos, para poder así hilvanar la historia de una estirpe quebrada. Ojala lo logre algún día, buscando en este desierto de amnesia a nuestros desaparecidos. Ojala, las siete décadas trascurridas desde su muerte no minen nunca el animo ni el anhelo de alguien que aun les sigue buscando, les espera, piensa en ellos y sueña con su regreso.”

A finales del año 2006, yo mismo escribía esto, en un extenso escrito dirigido a las autoridades municipales locales. Y tras ese sentimiento, esa emoción inexplicable, me animaba el deseo de poder deshacer lo que sus verdugos hicieron con ellos, “desaparecer” física y documentalmente.

Esa idea me ha marcado durante muchos años de mi vida, por ello un día tome la determinación de buscarlos y devolver sus cuerpos “al aire puro de vivir” , para que nuestras familias pudieran de una vez honrar su muerte y cerrar un ciclo de luto y duelo interminable. Intentar restituir también sus vidas “borradas del mapa a punta de pistola” de nuevo a la sociedad, para que todo el mundo conociera sus historias personales, sus rostros a través de las fotografías guardadas con celo a lo largo de todos estos años por nuestras familias. Devolver sus nombres donde siempre debieron de estar en la conciencia y el recuerdo de todos nosotros, sacándolos del anonimato durante el que habían estado sumergidos durante décadas de ocultamiento premeditado. Considero un acto de justicia desde el punto de vista histórico y humano rescatar del olvido las identidades de todos aquellos hombres y mujeres, para que a partir de ahora estarán presentes en la memoria colectiva de nuestro pueblo”.

“ Dedicado a toda esa gente que aún sabe, porque ellos oyeron gritos de dolor y derramaron llantos, en un pueblo donde las gargantas quedaron enronquecidas y agotadas todas las lágrimas.”.

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