
Diego Igeño Luque
El pasado jueves volvir a asistir a la proyección pública del documental “Voces que TRANSforman”. En esta ocasión fue en Puente Genil, concretamente en el número 11 de la calle Aguilar, un espacio singular abierto a la cultura. El colectivo Contracultura fue quien lo organizó todo y maravillosamente, como siempre. Y allí estaba yo, un poco como un convidado de piedra y con una sensación de hipotenusa que nunca antes había vivido.
Lo primero que tengo que decir es que me sentí muy defraudado conmigo mismo. Al finalizar el pase hubo un animadísimo debate en el que me quedé como Don Tancredo: mudo y quieto. Y el problema es que había tantas cosas que hubiera querido decir… porque el orgullo penetró por cada uno de mis poros.
Orgullo como aguilarense al ver cómo los organizadores alababan lo realizado en Aguilar y la apuesta hecha por nuestras autoridades locales, promotoras del metraje que habíamos visto y de otras muchas iniciativas en ese mismo sentido.
Orgullo al volver a ver y oír a dos de los protagonistas del documental, Nilo y Oliver, cada uno con un estilo diferente (más senequista el primero, más dicharachero el segundo) pero ambos compartiendo una madurez, una brillantez y una sensatez envidiables.
Orgullo al conocer el testimonio de dos chicos trans jovencísimos que nos acompañaban entre el público: Leo y Feli. No los conocía ni siquiera de vista. Y cuando pregunté me dijeron que también eran de Aguilar. Tienen una firmeza en sus convicciones que para mí hubiera querido a mis 16 o 17 años, una elocuencia envidiable capaz de hacer vibrar al auditorio con sus afirmaciones, una dulzura y una confianza en sus posibilidades dignas de admiración.
Orgullo de compartir un espacio de libertad en el que se pudo hablar de diversidad en un contexto de tolerancia y empatía sorprendente en la sociedad pérfida que se está edificando.
Orgullo (y una pizca de envidia) por la valentía que están mostrando estos jóvenes. No son quijotes que luchan contra imaginarios gigantes, sino adalides que se enfrentan a una realidad cada vez más hostil llena de prejuicios y turbia moralina.
Y orgullo, por último, al verme a mis sesenta y tres años refrescado y rejuvenecido y darme cuenta que mi generación es capaz de adaptarse a las nuevas realidades con el convencimiento de que, por encima de todo, están el respeto, pilar sobre el que debe asentarse nuestro futuro, y la libertad sostén de la convivencia diaria.




