
Han pasado varias décadas desde que, lo que hoy llamamos recinto arqueológico del Castillo, era poco más que una planicie o altozano en lo más alto del cerro donde se situaban los depósitos de agua del pueblo, entre los que se podía entrever algunos pedruscos de consideración, que pasado el tiempo resultaron ser reductos de algunos tramos de muralla del antiguo recinto fortificado.
En los años ochenta aun se cultivaban algunos huertos en este emplazamiento por los vecinos de la calle Villa, y las viejas acacias ofrecían su verdor primaveral en las envejecidas y leñosas ramas. Compitiendo en altura con ellas, el viejo campanario del Soterraño ofrece la visión más idílica de este espacio, totalmente trasformado en la actualidad, por lo que ya solo existe en el recuerdo de quienes trajinamos estos lugares en nuestros años de mocedad, y hoy rememoramos la eternidad de aquellos tiempos al contemplarlos reflejados en fotografías como esta.
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