
Diego Igeño
En un libro que me está haciendo disfrutar en estos días, que versa sobre la vida en París en los años de la II GM y la posguerra, vuelvo a leer la peculiaridad de la relación sentimental entre Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Ambos establecieron unas reglas de juego como pareja en que se permitían las relaciones afectivas y sexuales con terceras personas, aunque mantenían siempre el fuego de su amor. Para diferenciar, y como buenos filósofos que eran, hablaban de los amores contingentes -los que tenían con sus amantes- y el amor necesario -el que se tenían mutuamente-. El concepto tenía su miga, pues realmente lo necesario es aquello que permanece, mientras que lo contingente tiene la cualidad de la finitud. Téngase en cuenta que el debate sobre la significación de ambos vocablos hunde sus raíces en los mismos orígenes de la Filosofía, aunque la pareja francesa los adornó de una connotación sexual que, por ejemplo, se les escapó a pensadores como el orondo Santo Tomás de Aquino que consideraba como lo único necesario a Dios. A estas alturas de mi vida, ni mi próstata ni mi libido andan ya para relaciones contingentes. Pero sí se me ocurre dar un breve paseo por mi sesera para establecer lo que de contingente hay en mi entorno, en mis circunstancias orteguianas, y lo que es verdaderamente necesario.
Siento como contingentes muchos personajes que han irrumpido en mi vida como extras que ni han jugado ni jugarán jamás un papel protagonista. El problema es que no sé quién habrá realizado el casting porque en ese rol de contingentes caben actores de todos los “pelajes”, lo que dificulta su identificación: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, azules y rojos, cultísimos y analfabetos, etc. A veces, son ellos los que se muestran contingentes, asomándose a mí con la misma rapidez con que desparecen, una muestra más de la fragilidad de las relaciones humanas; otras soy yo el que les da esa cualidad, cuando descubro que, por su hipocresía, su maldad o simplemente porque sí, no quiero que estén a mi lado.
También creo en la contingencia de otras muchas cosas que, como las olas del mar, vienen y van, y que a veces se ven sacudidas, seguimos con el símil marítimo, por fuertes marejadas o por marejadillas, o se ven aletargadas por una calma chicha que aburre. Algunas de ellas, han tenido cierto protagonismo en momentos concretos de mi vida, pero, a la postre, demostraron ser efímeras. ¿Enumerarlas? Para qué, sería interminable.
Más difícil es establecer aquello que es necesario, o sea, lo que es permanente. Descartado en mi caso el Necesario tomista, en una época caracterizada por la celeridad -todo es de usar y tirar-, ¿qué es lo que realmente permanece en mí? No sabría decirlo. Quizás ustedes tengan una respuesta más clara. Si es así, les ruego que me la hagan llegar.
Algunos pensarán que la familia, si bien la experiencia nos muestra la fragilidad de estas relaciones que suelen saltar por los aires cada vez que el tintineo del dinero martillea los oídos de los implicados.
Otros dirán, quizás, que las creencias puesto que dan identidad a muchas personas, aunque creo que la posmodernidad ha traído de la mano la “creencia-cleenex”, aquella que se esgrime sola y exclusivamente el tiempo conveniente para alcanzar un objetivo, objetivo que casi siempre suele ser pecuniario.
El debate daría para mucho por eso aquí no he hecho sino apuntarlo. Pero, a la luz de las reflexiones arriba recogidas, y otras que no voy a escribir por falta de espacio y de ganas, he caído en la cuenta que a lo mejor lo único verdaderamente necesario sea el dinero que reafirma su presencia en todos nuestros actos. Si es así, apañados vamos porque, ya lo decía el arcipreste de Hita -y lo cantaba Paco Ibáñez-: “Quien no tiene dinero, no es de sí señor”.



