La hermosura de las fotografías en blanco y negro se acrecienta cuando estas aparecen coloreadas, otorgándoles un encanto que amplía aún más su perfección, remitiéndonos a un tiempo pasado, capturado y perpetuado en estas estampas antiguas. A través de ellas nos remontamos a aquellas épocas en las que, como muestra esta instantánea, nuestras madres y abuelas realizaban cada invierno la recogida de las aceitunas con las canastillas de vareta.     

Desde siempre, las mujeres han tenido una notable presencia en el olivar, ya que conformaban muchas de las cuadrillas que se encargaban de recoger las aceitunas del suelo, uno de los trabajos más importantes: las mujeres limpiaban mejor las aceitunas, por lo que estas llegaban perfectas a las fábricas de aceite.

Debían estar respaldadas por un hombre, es decir, debían ir acompañadas de un varón, que bien podía ser su marido, su hermano, su novio… Esto justifica la presencia de la mujer en el sector: se les decía que, si no iban acompañadas de un hombre, no podían ser contratadas, ya que no tenían la misma fuerza física —aunque se ha demostrado en sucesivas ocasiones que esto no era cierto—.

El trabajo que desarrollaban las mujeres en el olivar era un trabajo duro que implicaba estar en el suelo durante 8 horas para ir recogiendo y limpiando minuciosamente las aceitunas. Pero su jornada no terminaba ahí: después debían ir a casa, atender a la familia y realizar las labores del hogar.

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