
Se tomó este bonita e idílica panorámica del Llano de las Coronadas en los años cuarenta del pasado siglo XX, los llamados años de posguerra, en los que el contexto político, social, religioso y cultural de España marcó irremediablemente a la generaciones que subsistieron en aquellos fatídicos tiempos de hambre, represión y miedo.
La España tradicional e integrista redujo al mínimo el debate, y la creatividad hubo de moverse en un margen muy estrecho. No se exigía la defensa de la causa triunfadora en la guerra, pero se prohibía cualquier género de oposición. La generación que ocupó físicamente las trincheras necesitó esa década para completar una educación o una evolución intelectual interrumpida por el conflicto salvo muy contadas excepciones. Hasta en el cine y en la cultura popular se mantuvieron los mismos estilos y (de nuevo) los autores que no se vieron obligados a huir.
La Guerra Civil estuvo presente durante los años cuarenta. Con una intensidad especialmente notable hasta 1942 (quizá hasta 1945). Su dureza, sus víctimas –ausencias, muertos y mutilados– y el carácter trágico de las limpiezas de las retaguardias, conformaron el trauma nacional. Mudo por el triunfalismo de los vencedores, marcó a toda una generación con una profunda y amarga experiencia vital, para la que cualquier cosa fue preferible a repetir una guerra, incluso para los derrotados que sobrevivieron en el interior a la fuerte represión. El “ardor guerrero”, inevitable en todo posconflicto bélico, mantuvo su vigencia como enfoque para abordar aspectos de la vida civil, que probablemente requerían más análisis racional que emociones patrióticas, sometimiento jerárquico, uso de las “líneas rectas” y decisión para “cortar por lo sano” en la resolución de problemas normales en cualquier sociedad.
El triunfo de Franco implantó un régimen dictatorial, militarista, nacionalista, tradicionalista, confesional y con afinidades fascistas (por su retórica, propaganda y por los apoyos exteriores que recibía y las potencias a las que decididamente apoyaba). Esta vinculación originaria puso luego al régimen contra las cuerdas. Tanto que, hasta 1951, hubo serias dudas de que se consolidara.
Desde el primero de abril de 1939 se cernió sobre España una densa nube de miedo. Es verdad que se cerraron los episodios bélicos, los bombardeos en las retaguardias y batallas en los frentes, pero la aniquilación del enemigo continuó por parte de los vencedores. El temor a lo que pudiera ocurrir enseguida arraigó en los corazones de mucha gente. Primero, entre los vencidos por motivos obvios: ya fueran hombres o mujeres; de las clases altas o bajas; habitaran ciudades o vivieran en pueblos, aldeas y cortijos; cultos o ignorantes. Ni siquiera era necesario haber militado en alguna de las organizaciones derrotadas. Bastaba la proximidad (de familiares cercanos, amigos próximos…) o la denuncia, que como ocurre en esas situaciones, se convertía en mérito para medrar en el nuevo orden. Miedo de otro estilo, pero miedo al fin, tenían también los vencedores: por la entrada en la Segunda Guerra Mundial primero, y luego porque el resultado de esta convirtiera a los republicanos derrotados en vencedores de rebote. El miedo (con distinta intensidad y proximidad para vencedores y vencidos), el hambre y las malas condiciones de vida fueron comunes para todos.
Inicialmente la dictadura se impuso por la victoria militar y la represión de los primeros años. Una y otra eliminaron a los enemigos más importantes y mejor organizados: el aparato estatal republicano y las organizaciones, partidos y personas que se enfrentaron al levantamiento militar. Unos murieron durante la contienda; otros tuvieron que abandonar el país; el resto, sufrió en primera persona la represión. La mayor parte de los derrotados –y sus familias– no tuvo más opción que tolerar, como mal menor, la situación política surgida del peor mal: la Guerra Civil. Pero se ha de tener en cuenta algo clave que se olvida frecuentemente: también los vencedores tenían partidarios y muchos. Gentes, masas también, que defendieron una concepción política, social, religiosa y cultural que el régimen de Franco representaba, de manera más o menos adecuada. Este aspecto tiene una singular importancia porque la España de los años cuarenta fue, antes que nada, una España franquista y así tuvo que aceptarlo, o lo aceptó sin más, la mayor parte de la población, aunque fuera como mal menor.



