
Contemplar esta bonita fotografía, capturada por Guillermo Recio en el cerro Romano, me ha llevado a recordar a uno de los grandes pintores del pasado siglo XIX: Claude Monet, quien pintó en 1873 su conocido lienzo “campo de amapolas”.
Estas flores fueron a menudo protagonistas en la obra de Monet. El pintor francés que inició el impresionismo muestra su entorno en cada pintura, insistiendo y repitiendo a menudo los mismos motivos. Así lo hizo durante casi toda su obra, pero especialmente en una de sus épocas más creativas, y en la que se sitúa este cuadro, en el período feliz de Argenteuil.
Argenteuil es una ciudad francesa cercana a París, donde Monet se instaló en 1871. Allí vivió durante siete años, los cuales fueron de una gran fecundidad artística tanto para él como para sus colegas impresionistas (Sisley, Manet, Renoir…). Los paisajes de esta región ofrecen una variedad de escenarios perfectos para captar una luz mágica que se traducirá en los más bonitos colores de la paleta.
La luz de la naturaleza es quien manda en la obra de Monet. El cuadro carece de una complicada composición artística. Como buen impresionista, carga con mucha tinta el pincel, de hecho, si nos esforzamos podemos coger alguna amapola del campo. Pinta el paisaje con líneas curvas lo que le da al cuadro un aspecto fluido y ondulante.
Dejando atrás las preocupaciones teóricas, plasma la simplicidad de un campo de amapolas donde reina la tranquilidad. Lo verdaderamente importante es la luz, la luz proyectada en cada flor del campo, en cada nube desplazada por el viento o en la casa perfectamente escondida entre los árboles. Incluso si estamos mucho tiempo



