
Caen las primeras lluvias del nuevo invierno y el mundo parece exhalar un suspiro antiguo. Son hilos de agua que descienden sin prisa, despertando en la tierra un murmullo leve, como si el campo recordara de pronto su vocación de vida. El verano, exhausto, se retira en los atardeceres breves, dejando tras de sí un aire reseco que la lluvia viene a lavar con gesto de madre. Sobre la piel del paisaje, cada gota abre un resquicio de frescura, y la luz, en su retirada, se vuelve un pensamiento dorado que se apaga.
El campo renace. No hay otra palabra. Brota un olor de raíz mojada, de semilla que se despereza en la penumbra fértil, de promesa escondida bajo la superficie. Todo parece recomenzar desde un silencio húmedo, casi sagrado.
En la monumental Plaza de San José, la lluvia crea un reino aparte. Los charcos no son charcos: son espejos recién nacidos en los que corren las nubes como animales celestes. Cada reflejo tiembla, respira, se abre en círculos concéntricos cuando una gota lo roza, y la arquitectura ochavada se inclina sobre su propio fantasma líquido para reconocerse.
Y allí, erguida como un verso oscuro, la farola de forja deja caer su sombra sobre el adoquinado. Alta, delgada, casi etérea, repite su figura en el espejo del agua, como si existiera al mismo tiempo en dos mundos: el que pisa la ciudad y el que sueña bajo la superficie. Cuando enciende su luz, la lluvia la vuelve centelleo, y la plaza entera se convierte en un corazón húmedo que late en un ritmo que solo conocen los inviernos recién inaugurados.
Las primeras lluvias no anuncian nada. Simplemente llegan, y con ellas, una manera distinta de mirar.
Autor Fotografía: Javi Mejías.



