
Diego Igeño
“Dicen los viejos…”. Así comenzaba la canción de Jarcha que hizo furor en los albores de la democracia, allá por el año 1976, que todos cantábamos a pleno pulmón. El título, Libertad sin ira, y muchas de sus estrofas están desgraciadamente vigentes en la actualidad. Hoy yo ya soy “pre-viejo” y estas son las cosas que se me ocurren decir:
El 20 de noviembre de 1975, hace ahora cincuenta años, murió el dictador Franco. A las nuevas generaciones (y a algunas no tan nuevas) habría que contarles que la palabra dictador no tiene maldita la gracia, aunque un veintitantos por ciento de los jóvenes opinen que no les importaría vivir en un estado totalitario. Es la consecuencia lógica de varias (sin) razones: estar en la inopia gracias a un estado del bienestar que les ha dado mucho con poco esfuerzo, los malditos vaivenes en los programas educativos y adoptar como formadores a los descerebrados que en las redes sociales, en mensajes de usar y tirar, ensalzan el franquismo escupiendo proclamas y consignas falsas y manipuladoras.
Las dictaduras, todas ellas, no son recomendables para un buen segmento de la población. Es cierto que benefician a unos pocos, poquísimos, sectores (generalmente privilegiados), pero la mayor parte de los ciudadanos que viven con ellas son notablemente perjudicados. Y lo son, sobre todo, las clases modestas (aunque sean mayoritarias), lo son los disidentes políticos y/o sociales, lo son las minorías (raciales, sexuales o de cualquiera índole), lo son las mujeres, los son los que no siguen la religión oficial del Estado, lo son en definitiva, los que forman el grueso de la sociedad.
En una dictadura como la franquista todos esos conceptos arriba expresados, que podrían parecer abstractos, se concretaban a base de Boletín Oficial del Estado. Así, por ejemplo, contra los opositores al régimen se esgrimieron varias normas: las leyes de Responsabilidades Políticas, de Represión de la Masonería y el Comunismo, de Seguridad del Estado y el decreto-ley sobre la Represión del Bandidaje y el Terrorismo. Todas ellas castigaban duramente la libertad de pensamiento, la de militancia, la de opinión, la de expresión, la de reunión… También se promulgaron la Ley de Vagos y Maleantes (en este caso, su reforma) y luego la de Peligrosidad Social que se aplicó a homosexuales, prostitutas, toxicómanos y todas aquellas personas sospechosas por sus indumentarias y/o comportamientos aunque no hubiesen cometido ningún delito. Y así un largo etcétera.
La Iglesia imponía su dogma (lo más cavernícola de él) a través de los púlpitos, las escuelas y las magnas celebraciones que ocupaban calles y espacios públicos. Penetraba incluso en la intimidad de los hogares, adoctrinando contra los excesos sexuales (aunque hubieran sido bendecidos por el matrimonio), contra las prácticas anticonceptivas y el control de la natalidad y asumiendo un rol protagonista en todos los grandes acontecimientos de la vida del hombre, que debían realizarse como “Dios mandaba”: nacimiento, casamiento y muerte. De esta manera, se aseguraban el control de las mentalidades. Todo ello contaba con el refrendo de algunos de los párrafos vertidos en las Leyes Fundamentales.
En fin, probablemente muchos de los que añoran el franquismo (jóvenes o menos jóvenes) hoy serían sus víctimas: los que tuvieran una tendencia sexual diferente a la norma irían confinados a la colonia agrícola penitenciaria de Tefía, los que fueran agnósticos o ateos no podrían expresarlo sin miedo al castigo (no precisamente divino), los que no fueran fervientes católicos, al menos en sus formas externas, provocarían el rechazo de los párrocos y su jauría de beatos, los que se “desapartaran” irían de cabeza al infierno aunque el indisoluble matrimonio ya lo fuera para muchos, los que usaran un preservativo, las que abortaran bien de tapadillo sin garantías sanitarias o bien en Londres, los que graznaran en las redes sociales injurias contra las autoridades tipo “me gusta la fruta” o “perro Sánchez”, los que asaltaran las universidades acompañando a Vito Quiles irían de cabeza a los calabozos, donde de seguro les darían un buen repaso a su anatomía, los que cuestionaran las actuaciones de la Guardia Civil o el Ejército, los que se reunieran sin los permisos correspondientes en cualquier sitio público, los que fueran indocumentados por la calle, los que fueran detenidos (apaleados en comisarías y cuarteles), los que reclamaran mejoras laborales, los que se fumaran un porro en las calles también se llevarían lo suyo. Y qué decir del papel subsidiario de la mujer: sometida a la impunidad de los maltratadores, pues socialmente se justificaba el maltrato físico y psicológico contra ellas; limitada en su libertad de movimientos y decisiones ya que tenía que estar sujeta a la potestad del marido y si era soltera a la de su padre; constreñida su existencia a las tres k que definieron los alemanes y en las que tanto insistió la Sección Femenina de Falange: kínder, küche, kirche (niños, cocina, iglesia). ¿Es esa la España en la que querrían vivir todos los que añoran el franquismo?
Algunos se agarran a ciertas bonanzas que se vivieron durante la dictadura. Siempre, siempre sacan a relucir la paz, pero se olvidan de mencionar que se construyó a base de aniquilar a quien sostuviera un discurso diferente al del Movimiento. Siempre vociferan sobre el boom económico porque solo recuerdan aquella etapa de desarrollismo en que el país se ufanó de ser la novena potencia industrial mundial, pero echan en el olvido una época anterior que, conscientemente, condenó al hambre a más de media España y a la sepultura, como consecuencia de ella, a cerca de 200.000 españoles. Y tampoco recuerdan, por conveniencia, que ese desarrollo económico se cimentó sobre una emigración forzada por la imposición de la ley del patrón en el campo y que llevó a los trabajadores a buscar un precario sustento no solo en otros rincones del país sino también en muchos países del globo. Eso les impediría, a los actuales defensores de aquel estado de cosas, clamar contra los migrantes y enarbolar ese discurso racista y xenófobo que tanto les gusta por ellos mismos serían emigrantes.
La democracia que estrenamos en noviembre de 1975 no es perfecta como tampoco lo son ni sus dirigentes, ni sus jueces, ni sus empresarios, ni ninguna de las personas que la conformamos (hagamos todos examen de conciencia). Es cierto que tiene muchísimos desajustes, algunos terribles, pero aun así es la mejor forma de convivencia hasta ahora exponerla. ¿Por qué ponerla en peligro con cantos de sirena que nos harían retroceder más de cincuenta años en el tiempo? ¿Es lógico desandar lo andado para envilecerlo? Construyamos todos juntos un país en libertad y sin ira en el que todos quepamos, en el que todos nos respetemos. En una democracia hay sitio de sobra para todas las opciones, para todas las opiniones siempre que estas respeten el viejo aforismo de la Revolución Francesa: la libertad, la igualdad, y la fraternidad. Seamos únicamente intolerantes con los intolerantes. Ellos quieren destrozarlo todo porque cuanto peor, mejor para las élites. Ahí lo dejo.



