En los años setenta, una boda en el pueblo era un acontecimiento que iba mucho más allá de la familia. Vecinos y amigos participaban en los preparativos, ayudaban en la cocina y llenaban la iglesia el día de la ceremonia. No hacía falta invitación para acompañar a los novios a la salida, o acompañarlos por las calles camino de la iglesia o al lugar de celebración.

El banquete se celebraba en casas o locales prestados, con tapas sencillas de algunos embutidos, palillos, cervezas de la época y vino de la tierra. No había grandes lujos, pero sí mesas llenas y ganas de compartir.

Después llegaba el baile, con músicos locales o algún tocadiscos, donde se mezclaban jóvenes y mayores. Casarse era empezar una vida de trabajo y esfuerzo, a menudo junto a la familia, construyendo poco a poco el futuro.

Hoy, estas bodas se recuerdan como celebraciones humildes, pero profundamente comunitarias, en las que todo el entorno familiar y amigos acompañaba a los novios en uno de los días más importantes de su vida.

Foto cedida por José Cabezas Ruiz.

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