Diego Igeño
No me entran en la cabeza los delitos de odio, es decir, aquellos cometidos contra el prójimo por el color de su piel, su origen étnico, la religión, el lenguaje, la discapacidad intelectual o física, la orientación sexual, su sexo, sus opiniones políticas, etc. El hecho de asesinar a alguien por percibirlo como diferente a los únicos que hace diferentes es a los criminales que se ven despojados así de su condición humana para ponerse al nivel de la peor especie que exista o haya existido jamás en el planeta. Lo ocurrido últimamente en La Coruña con el bárbaro crimen de Samuel clama al cielo. Aunque aún es demasiado pronto para establecer conclusiones -la propia policía sigue sin determinar una causa indubitablemente sobre la agresión-, el componente de odio parece evidente, pero cuenta además con otro ingrediente, este sí manifiesto, que deshumaniza totalmente al que lo perpetra: la actuación en manada. Tras esa coraza, tras el arropamiento del grupo, nos vemos capaces -y a veces obligados- a actuar de la manera más salvaje. La historia nos ha mostrado miles de ejemplos de la volubilidad de las masas, no es el momento de detenerse ante ellas. En todo caso, lo que sí importa subrayar es que estamos solo contemplando la punta del iceberg. Bajo la superficie, se oculta un cada vez mayor clima de violencia, una aspereza en el carácter y las intenciones que convierte en enemigo a casi todo el mundo. La suspicacia se ha instalado en nuestro interior como lo demuestra el hecho de que el posible detonante de la paliza mortal a Samuel fuera el que alguien interpretara que estaba siendo grabado contra su voluntad. En ese momento desaparece el raciocinio para dar paso a la violencia desmadejada, la palabra es sustituida por los golpes y estos, espoleados por un sadismo al que el maltratador no puede sustraerse ya que se ve inmerso en una ola de furor imposible de detener, por la agresión letal.
Un vistazo a los periódicos nos hace ver que los delitos de odio se están convirtiendo desde hace años en una verdadera plaga. El más visible de todos, el que acaba con la vida de miles de mujeres, o como lo ocurrido recientemente en Canarias, con los propios hijos por tal de hacerle daño a la ex –tuvimos una desgraciada muestra en Córdoba-, no parece tener remedio puesto que está fijado en el ADN del “macho”, acostumbrado desde el origen de los tiempos a dominar a los más débiles físicamente (al tiempo que es dominado por otros más fuertes que él). Las cifras son alarmantes y hacen tambalear los cimientos de una sociedad que debería estar basada en la paridad, en la tolerancia y el respeto. Por el contrario, lo que construimos cada día es una colectividad de víctimas y verdugos, autocomplaciente con sus desajustes e imbuida por la abulia para tratar de corregirlos.

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