
Diego Igeño
Hoy el tiempo se ha detenido justo cuando estallaba una tormenta. Se ha detenido y ha dado marcha atrás, en torno a 55 años, a finales de la década de los 60. Y el primer efecto que he notado es que el espacio al que me he trasladado ha menguado. Lo que antes me parecía enorme, ahora se ha encogido. No sé si mis ojos son los mismos que lo contemplaban antes, aquellos teñidos de la inocencia de la infancia, del candor de los primeros años, pero sí veo de forma nítida que todo me resulta distinto y que pese a ello mi mente se esfuerza en rescatar los episodios que se despiertan con la contemplación de ciertos rincones: la escaleras, en cuyo hueco agazapado esperaba las cinco de la tarde para escaparme camuflado entre la estampida general y evitar las largas veladas a que nos sometían en ocasiones las maestras; los pilares donde se nos castigaba para que purgásemos nuestras faltas; la mesa azul desde la que Doña Dionisia vigilaba nuestros movimientos y desde donde, a modo de jabalina, lanzaba el puntero aleccionador a los que no se portaban bien o no respondían a sus preguntas con la celeridad debida; la Inmaculada Concepción, los crucifijos y el Corazón de Jesús que nos amparaban en las muchísimas horas que dedicamos al aprendizaje de los preceptos de nuestra Santa Madre Iglesia; y las cartillas de aritmética y geografía, breves compendios elaborados por la propia docente que sembraron en nuestras neuronas las cuatro reglas, los números romanos, los ríos principales de España y sus cordilleras, etc.
Allí, entre olor a tiza y a humanidad, arrullado con los ave marías y los padres nuestros, entre el azul de pizarras, paredes y azulejos, repantigado en los largos bancos de madera y sordo por el vocerío atronador de otros muchos niños me desbasté, allí comencé un largo camino hacia el conocimiento en el que aún continúo deambulando como un pobrecito andador.
Casi nada recuerdo de mis compañeros puesto que solo conservo la imagen de dos de ellos, ambos poco más o menos de mi edad: un niño con una discapacidad intelectual y una niña de la que estaba secretamente enamorado. A ambos los veo de forma habitual por el pueblo y esbozo una sonrisa que es un brindis a mi niñez. Apenas nada retengo de las vivencias allí acumuladas ya que el tiempo se convierte siempre en el mejor censor de lo vivido. Pero, eso sí, los nombres de Doña Dionisia y de las señoritas Angelita, Antoñi y Maricarmen siguen grabados en mí de manera indeleble. Y así será mientras dure mi memoria.



