Este estado presenta el joven y esbelto naranjo que se plantó en la plazoleta de la Torre la pasada primavera. Hasta hace pocos días se mantuvo vivo a pesar del daño que le habían ocasionado al desgajarle con una navaja la corteza de su tierno tronco en un acto de vandalismo urbano que no tiene nombre.
El contemplarlo verde y lozano durante muchos días después de la agresión me hizo concebir la esperanza de que se podía salvar, pero en verdad estaba sufriendo una lenta y oculta agonía que ha culminado recientemente. La muerte que destella sus secas hojas, entre las que se arraciman las redondas naranjas que no llegaron a madurar, alienta la desazón que produce el no encontrar explicación lógica a los impulsos que motivan a una persona, joven o mayor, para cometer estas atrocidades.
Es evidente que el vandalismo no es un fenómeno novedoso, pero sí está adquiriendo ciertos matices que merecen ser analizados. No pretende esta pequeña referencia dilucidar un debate que requiere de mayor espacio y tiempo, pero sí apuntamos, con la brevedad del “foto denuncia”, un hecho a analizar, como es la impunidad con que se reviste la mayoría de los actos vandálicos en nuestro pueblo, sin duda, un estímulo importante para que se sigan cometiendo.




