Todo golpe de estado que se precie sustenta su éxito sobre el miedo. Históricamente, a la asonada militar, sucede siempre una época de terror y masacre que sume a la población en una suerte de Shock colectivo cuyo fin no es otro que paralizar la respuesta masiva contra el ataque a la voluntad popular. Se trata de mostrar  la fuerza y carencia de piedad de los golpistas, de decir a quienes se le opongan de lo que éstos son capaces, con tal de perpetuarse en el poder; llegarán a los más altos grados de crueldad si fueran necesario.

    En los tiempos que estamos viviendo, en los países que hasta ahora ostentaban el nada honroso título de mundo rico, la historia no ha cambiado, si acaso las formas. Un golpe de estado global y no otra cosa, es lo que se ha producido y su consecuencia es lo que los medios de domesticación de masas, y los dirigentes a sueldo o dictado de las fuerzas del capital  se esfuerzan en llamar crisis, cuando no es más que una vil y descomunal estafa. No han salido los tanques a la calle, ni ha habido desapariciones ni fusilamientos en masa, pero los desahucios, el paro vergonzante y los recortes sociales están produciendo un efecto similar, inmediatamente incruento pero más letal que un balazo a largo plazo.  Y sin embargo sorprende la falta de respuesta popular ;  llama la atención que aún no se hayan saqueado los grandes almacenes o las oficinas bancarias no hayan sido pasto de las llamas.

Pero es por obra y gracia del miedo. Llevamos años viviendo en ese pozo oscuro que provoca el miedo. Nos han bombardeado con el terrorismo, el integrismo Yiadista, la gripe aviar y otros tantos desastres y epidemias. Nos han llevado hasta tal punto que, en invierno, por más que sea lógico que nieve, el anuncio de una bajada de temperatura nos cusa pavor. De eso se encargan los paneles de las autopistas alertándonos sobre grandes nevadas y pavimentos repletos de hielo y aunque al día siguiente no haya sido para tanto, días más tarde volveremos a quedarnos quietos en casa ante un nuevo aviso climatológico.

El que tiene trabajo, teme perderlo, el que no lo tiene vive asustado por cómo va a sobrevivir. Una reunión de jóvenes en un parque provoca inseguridad e inmediatamente se coloca cámaras de vigilancia. Un robo en la casa de al lado hace subir las ventas de seguros y el negocio de las alarmas.

Eso sí, lo agoreros del miedo no hablan del peligro de la energía nuclear, no del efecto nocivo de esas cuevas de Alí Babá que son los paraísos fiscales. Prefieren asustarnos con el relato parcial de los desmanes cometidos por gobernantes del Norte de África y Oriente Medio para que no pongamos reparos a las invasiones y saqueos de las riquezas.

Para eso se creó el campo de concentración de Guantánamo y las cárceles secretas de la C.I.A, para experimentar sobre el miedo y convertirlo en algo cotidiano en nuestras vidas.

No hay mejor arma para convertirnos en  esclavos y sumisos en el silencio.

Benito Rabal

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