Pocos años después de fundarse la cofradía de la Borriquita, y en pleno periodo del denominado “Nacional Catolicismo” la celebración más destacada de la religiosidad popular, la Semana Santa, iniciaba un complicado ciclo de varias décadas en el que el despego social provocado por la negación que hizo de la misma la jerarquía eclesial le sumergiría en una grave crisis que se mantuvo hasta mediados de la década de 1970.
Fueron dos décadas funestas en las que un reducido y abnegado grupo de cofrades consiguieron a duras penas mantener las salidas procesionales, aunque en condiciones lamentables, y en muchos caso extremas. La crisis frustró el entusiasmo que tuvieron los fundadores de la Cofradía del Domingo de Ramos, y fue esta la primera en acusar el trance, lo que llevó a que el Señor de Cerrillo se quedase muchos años sin salir en Semana Santa.
Las otras cofradías consiguieron capear el temporal con muchas dificultades, solventando problemas tan serios como el de los costaleros con medidas poco estéticas, como los carretones en los tronos, pero que permitieron continuar con el fin principal de estas instituciones como era sacar en procesión sus Sagradas Imágenes. Otras, como el Nazareno y la Amargura pudieron optar a sacar costaleros por fuera, lo que les permitió evitar las ruedas.
Poca cera en los pasos, menos flores, raquíticas filas de nazarenos, desaliñados romanos o bandas de tambores y cornetas…..,son la característica propia de una etapa o periodo de la Semana Santa de Aguilar que es fácilmente identificable en las fotografía en blanco y negro que lo testimonian, precariedad que engrandece aún más el arrojo de aquellos anónimos cofrades a quienes debemos que mantuviesen viva la tradición contra viento y marea .
Sorprendentemente, esa difícil travesía se comenzaría a remontar coincidiendo con un nuevo periodo político. Con el desplome de la dictadura se resolvería también la crisis Manantera, y los vientos democráticos aventarían también las bonanzas cofrades, recobrando la Semana Santa bríos insospechados. El nuevo sistema político sustentado en el mandato constitucional y las nuevas Corporaciones Municipales elegidas por sufragio universal, se convertirían en un balsámico reconstituyente de mundo cofrade.
Un hito en el nuevo periodo fue la recuperación de la Cofradía de la Borriquita en la década de 1980, que marcaría una senda de auge y esplendor en esta celebración que se ha mantenido hasta la actualidad. El nuevo ciclo se va a caracterizar entre otros logros por la profusa ampliación del número de imágenes y pasos procesionales que recorren las calles de Aguilar en esos días, bien, adosados a congregaciones antiguas, o a las 6 nuevas hermandades que han colmado la actual nómina de cofradías.
En 1986 se materializa la fundación de la cofradía de la Esperanza como exponente del nuevo periodo que se había iniciado. La elección de una imagen ya existente como Titular de la hermandad coartó el que se realizase nueva, por lo que aún tardaría algunos años en darse el salto cuantitativo de creación de nuevas imágenes pasionistas en Aguilar. Nuevas cofradía surgirían en el año 1992: el Preso y las Angustias, y la Paz en 1993, cofradías que seguirían la línea de la cofradía de la Esperanza con la incorporaron como Titulares de imágenes ya existentes en los templos, bien expuestas al culto o guardadas en las atarazanas.
El salto cualitativo en este avance patrimonial se produjo en el año 1994, coincidiendo con la fundación de la Cofradía del Huerto y Rosario. Este nuevo proyecto cofrade sí se cimentaría ya sobre dos nuevas advocaciones y un total de tres novísimas imágenes que realizaría el escultor cordobés Miguel Aljona Navarro entre los años 1994 y 1995. Como todas las iniciativas que indujeron a la fundación de las nuevas cofradías, y como práctica ancestral de este mundillo, el nuevo germen fundacional tendría como instigador a un cura, Don Lorenzo Hurtado, y a un grupo de jóvenes entusiastas dirigidos por veteranos activistas cofrades, como Francisco Delgado, procedentes de otras hermandades.
Fue la directriz del Párroco quien determinó la elección del imaginero. La amistad que les unía a raíz de los trabajos que Miguel Arjona había realizado para la iglesia de Almodovar del Río durante el tiempo en que estuvo regida por este sacerdote, y la connivencia mantenida entre el escultor y el Obispado, auspiciaron el encargo de las tres imágenes.
Con anterioridad a este encargo, Miguel Arjona había trabajado ya para la Semana Santa de Aguilar realizando proyectos de gran envergadura: la restauración del Cristo de la Expiración y la realización del cuerpo anatomizado del Nazareno, y con posterioridad restauraría la Virgen del Soterraño y la Inmaculada antigua de la Parroquia.
DATOS BIOGRÁFICOS
Miguel Arjona Navarro nació en Córdoba el 26 de junio de 1933, y con 14 años entró como aprendiz en el taller del imaginero Antonio Castillo Ariza, en la calle Velasco, cerca de la calle Montero, y fue él quien le anima a ir a la Escuela de Artes y Oficios, donde estudió escultura, modelado y dibujo con prestigiosos profesionales como Amadeo Ruiz Olmos, Rafael Díaz Peno, Rafael Guijo o Fernández Márquez.
Tras este aprendizaje abre su primer taller en la calle Adarve, desde donde se traslada a la calle Encarnación Agustina, para finalmente establecer su sede definitiva en una solariega casa del siglo XVII en la calle Rey Heredia, 23, cerca de la Catedral cordobesa, donde además del taller instaló su residencia particular.
El tallista, imaginero y restaurador Miguel Arjona ocupa un lugar privilegiado en el arte y la artesanía cofrade, pues no se puede hablar de la Semana Santa de la provincia –donde ha dejado un copioso e importante legado– sin mencionar su figura. La producción de este artista traspasa lo netamente local encontrándose obras suyas en diversos puntos de Andalucía, así como en Canadá, Malasia o Indonesia, con una clientela que abarca desde cofradías, parroquias, organismos oficiales y coleccionistas particulares que cuentan con alguna de las obras salidas de sus gubias.
Junto a esta labor de imaginero destaca su faceta como tallista de pasos procesionales, destacando para la capital piezas donde se aúnan la originalidad del pintor Miguel del Moral y la pericia artística del maestro Arjona, dando como resultado el templete donde procesiona Nuestra Señora Madre de Dios en sus Tristezas, titular mariana de la cofradía cordobesa de Animas. Asimismo, destaca el paso del Santísimo Cristo de Gracia, una hermandad a la que el artista estaba muy unido. También salió de sus manos el paso donde procesiona en la festividad del Corpus Christi la custodia de Arfe.
Como restaurador son innumerables las piezas que han pasado por el taller del artista, piezas de una gran importancia devocional para la ciudad, entre ellas el Cristo de Gracia, el Señor de la Caridad, Jesús Caído, la Virgen del Socorro o la Virgen de la Fuensanta, cuya réplica ocupaba un lugar destacado en la casa del artista. En la provincia destaca la pormenorizada restauración que el artista realizó a la Virgen de la Sierra, patrona de Cabra.
Arjona, aunque en menor medida, también trabajó la escultura civil. Su obra más popular es el busto pétreo del árabe Al-Ghafequi, situado en la cordobesa plaza del Cardenal Salazar, frente a la Facultad de Filosofía y Letras.
Con Miguel Arjona se va el último imaginero de una generación de artistas que trabajaron para dar esplendor a una Semana Santa en época muy difícil, y cuyo legado a veces no se ha valorado como se merece. La casa taller de Rey Heredia se ha quedado huérfana. Ella fue testigo mudo de animadas tertulias cargadas de cordobesismo, junto al recordado belén que todo el año permanece montado a la vista de aquellos que tuvieron el privilegio de contar con la amabilidad y sencillez del maestro Miguel Arjona.
Antonio Maestre Ballesteros



