El alto precio de la inocencia. El bajo valor de los inocentes

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Sentarse a escribir sobre el drama de París, como hacerlo sobre lo ocurrido en Madrid, Bagdad, Trípoli, Nueva York, Kinsasa, El Cairo o Londres, es cualquier cosa menos apetecible. Para decidirse a hacerlo hay que estar convencido de poder controlar los sentimientos, aunque sea por un momento, y mantener así la debida compostura a la hora de expresarse. Y no es, como digo, apetecible, pero quizá porque mucho menos es sencillo.

Hoy mucha gente sensata lamenta la matanza de París con sus más de 100 víctimas. Yo no sé si soy o no sensato, pero no puedo dejar de lamentarlo. Para mí la vida, por absurda que pueda resultar, es el bien más preciado, el mayor tesoro, el mejor regalo. Todas y cada una de las vidas. Las que perdieron 3,8 millones de congoleños entre 1998 y 2003 en la desconocida ‘guerra del coltán’ (ese mineral necesario para nuestros smartphones y tantos otros gadgets tecnológicos). Tampoco puedo olvidar la de las 800.000 víctimas del gobierno francés, iglesia católica, ONU y geopolítica en el genocidio de Ruanda-Burundi (barbarie en la que el término terror perdió validez para describir el sufrimiento humano). Ni la del millón y pico de iraquíes, los casi 200.000 sirios, los más de 50.000 libios, y suma y sigue a lo largo y ancho del planeta.

Y no voy a criticar que, ante la desidia selectiva, hoy nos rasguemos las vestiduras por las muertes en París. No se puede luchar contra la cultura geocéntrica occidental; contra los valores impuestos por el poder del poder dominante. Vistámonos de ciudadano ordenado y por un momento demos a la sangre ‘occidental’ un mayor valor que al resto. Incluso imaginemos que este tipo de atentados no favorecen a nadie. ¿Acaso pensábamos que podemos instigar o iniciar guerras externas sin ninguna consecuencia?, ¿que financiar, entrenar y armar a terroristas era un juego?, ¿o quizá que éramos inmunes al dolor provocado y que nadie iba a responder?

Y ahora desnudémonos y pisemos con rabia el disfraz de alienado. ¿Qué apostamos a que la respuesta a la presunta respuesta es más violencia? ¿Qué nos jugamos a que el precio a nuestra presunta seguridad es un nuevo bocado a nuestra ya maltrecha libertad? ¿Qué empeñamos a que las próximas muertes también serán de inocentes?

De nada sirve decirlo, porque no cambiará nuestra realidad. Mucha gente seguirá votando a los esbirros y mercenarios de aquellos que nunca mueren en los atentados ni en las guerras que provocan: esos que ahora harán declaraciones de condolencia e incluso se manifestarán contra la violencia que han alentado. Y el resto, unos más y otros menos, seguiremos sin responsabilizarnos, pero pondremos crespones negros en todo lo que cuelgue y una foto con un lacito en nuestro avatar. Y dentro de unos días –o puede que antes– compartiremos vídeos de gatitos haciendo monadas y también del último prodigio musical o deportivo. Solo somos humanos.

Pese a todo, quiero lanzar una última duda.

François Hollande, en el momento en el que varias células de terroristas coordinados atentaban en diferentes puntos de la capital francesa, asistía en el Stade de France, en el barrio de Saint-Denis, en las afueras de París, a un partido amistoso de selecciones entre Francia y Alemania. Su asistencia a ese partido no era ningún secreto de Estado, y estando los terroristas dispuestos a sacrificarse en el intento, provocar una auténtica masacre en ese mismo lugar no hubiera sido más complicado que hacerlo donde lo hicieron, con el añadido de una oportunidad de premio gordo para un verdadero terrorista: la posibilidad de un magnicidio. ¿Por qué estos terroristas actuales nunca ponen el objetivo en figuras relevantes?, ¿por qué siempre, a pesar de estar dispuestos a sacrificarse, eligen piezas de caza menor?

No tengo experiencia ni vocación, pero si yo fuera un terrorista suicida iría a por el premio gordo. ¿Por qué ellos no? ¿Cui prodest?

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