Ante la irremediable partida del “Maestro Avilés”, Antonio Avilés Sánchez, he constatado esa realidad de la que hablan algunos articulistas en los medios escritos cuando sentencian que el nocivo virus se está cebando con nuestro mayores, y se está llevando a una generación que es parte de nuestra historia, que construyó, no sin esfuerzo, la España constitucional.
Se van pero nos dejan un legado, y por ello el despedirles se hace un mundo. Avilés es el ejemplo de “los imprescindibles” en la definición de Berthold Friedrich al referirse a las personas que luchan toda la vida, un comunista honrado y trabajador, de esos muchos que han tenido como prurito la fidelidad a unos ideales que, además, han sabido trasmitir a las nuevas generaciones de su apellido.
Personas que, desde la sencillez y la humildad, han dejado huella en quienes los hemos conocido y tratado. Una huella afectiva que está bien reconocer como homenaje y recuerdo. En estos días la tristeza invade a muchas familias que sufren el dolor más absoluto del luto por un ser querido. El virus no sólo nos roba a nuestros familiares y amigos, también la posibilidad de despedirlos y llorarles.
Hoy, quienes hemos compartido militancia e ideales con él, quienes le conocimos durante muchos años como repostero de la sede del PCE, sentimos su marcha y le damos el adiós más afectuoso a un camarada que, desde la naturalidad, supo ganarse el cariño de todos. El coronavirus se está llevando por delante a una de las generaciones españolas que más ha luchado.




