
Diego Igeño
Aunque el término negacionista se está empleando para definir la pandemia de idiotas que niega la pandemia sanitaria o los que rehúsan ser vacunados, no nos equivoquemos, negacionistas hubo antes, los hay ahora y los habrá después. El problema es que hoy con las redes sociales y la inflación de “influencers” descerebrados que, a modo de profetas del Antiguo Testamento, lanzan soflamas catastrofistas y negativistas -cuando no directamente absurdas y peligrosas-, los mensajes de la negación se expanden con la velocidad de la variante delta del COVID 19-20-21 en una sociedad compulsivamente aborregada. Y el objeto de su negación es mucho más preocupante que el de la no existencia de la crisis sanitaria que vivimos -con ser esto bastante grave-. Constituyen una especie muy extendida dentro del género homo, casi dominante, diría yo, una especie que lleva en su ADN el gen de la destrucción y de la infelicidad. Bordeando el nihilismo, que en su día preconizó el ruso Iván Turguenev en su obra Padres e hijos, cuyo protagonista Basárov sentenciaba “no creo en nada”, niegan la vida en toda su redondez, adoptando ante ella una actitud obcecada y pesimista que todo lo corrompe y ensucia. Jamás hallarán la quietud ni el sosiego porque consideran el mundo un lugar inhóspito y la gente que en él habita su enemigo. Enarbolan la bandera de la cerrazón y el pesimismo. Así, se cierran en banda al amor, a la amistad, al porvenir y al disfrute de la vida. Verán siempre la botella medio vacía y se sentirán víctimas de todo porque nada les sonríe. No se dan cuenta que, a veces, sus principales adversarios son ellos mismos, los que se cierran todas las puertas que a otros se les abren, los que nunca se arrojarán al vacío para acariciar el disfrute, para saborear el tierno instante de un segundo abrazándote el corazón. Siempre acelerados, siempre con prisa como si el tiempo no pudiera ser detenido para su contemplación, niegan la posibilidad del placer de pararse a sentirse uno consigo mismo y con la naturaleza.
Para colmo de males, estos negacionistas dedican su tiempo a desgranar críticamente todo lo que les rodea. Nada les viene bien, nada les complace. Pero, eso sí, nunca, jamás aportarán una solución, una propuesta creativa que arregle lo que tanto critican. Lo suyo es regodearse en la abulia y la apatía. Desde luego, es mucho más cómoda -aunque también más dolorosa, pienso- la inacción, el dejar que el destino te vapulee como una ola lleva y trae un trozo de corcho a la playa del abandono.
Aunque ciertas personas me han tachado de pesimista por alguno de mis escritos, hace tiempo que me di cuenta que no existe una vida B, que si esta que tenemos no la aprovechamos, no tenemos la opción de una segunda oportunidad. Por eso, el carpe diem, que en su día expresó el poeta latino Horacio, se ha convertido en un mantra que golpea mi cabeza. Esto no quiere decir que se me haya ido la ídem y que ahora me dedique a saltarme todas las normas y convenciones a la torera en busca del disfrute o del placer -sabiamente administrado, eso sí, como decían los epicureístas- pero sí que mi postura sea opuesta a la de esos negacionistas, que, pese a los sinsabores, sea un SÍ rotundo a la vida que me permita decir las que, al parecer, fueron las últimas palabras del filósofo Ludwig Wittgenstein en su lecho de muerte: “Decidles que mi vida ha sido maravillosa”. Esto me reconforta conmigo mismo y con todo y todos los que me rodean.



