Diego Igeño
Con mayúsculas porque esa ha sido su influencia en mí. Muchas veces he reflexionado sobre el idilio vivido con ella y me he dado cuenta de que viene de largo, quizás desde pequeño cuando me extasiaba viendo unos programas en la televisión de entonces que, creo recordar, tenían el título de “España siglo XX”. Luego perseveré en mi afición y comencé a leer aunque pronto decanté mis gustos hacia la Historia del siglo XX y, más concretamente, hacia la Europa de entreguerras, sobre todo al nazismo y a la II República Española, disfrutando entre otros de los libros de Hugh Thomas o Gerald Brenan y de Francisco Moreno, Juan Díaz del Moral y nuestro paisano Antonio Barragán para el contexto provincial. De ahí a iniciarme en el proceloso mundo de la investigación hubo un pequeño paso que arrancó con la consulta de los papeles del Archivo Municipal y la publicación de mi primer artículo en 1991: “La Segunda República en Aguilar: nacimiento y primeros pasos”. Esa elección me ha acarreado ciertas incomprensiones. Seguramente si me hubiera dedicado al estudio del genocidio de judíos y moriscos, a los autos de fe de la Inquisición, a la persecución de los afrancesados o a cualquier otro tema “amable” de nuestro pasado hubiese sido mucho más leído y apreciado. Pero no, elegí para indagar -no para sacralizar- un periodo más reciente y eso, a juicio de algunos, es una decisión política y no historiográfica. Ahora, sin embargo, para compensar me he hecho franquista ya que esa es la época que ocupa mis desvelos en la redacción de una futura tesis. Eso sí, de esa etapa me interesa básicamente la vida cotidiana de los vencidos en el conflicto civil, atormentados por la represión, el hambre, la corrupción y el desprecio. Y es que la cabra siempre tira al monte.
Otras de las disciplinas que siempre me gustó fue la de la historia del arte, posiblemente hipermotivado por quien fue nuestro profesor en el instituto, don Antonio Garrido. Tan fue así que en la licenciatura me convertí en alumno interno de ese Departamento durante dos años al tiempo que me especializaba en esa rama del conocimiento. Luego, tras formarme idiomáticamente, me acredité como guía turístico para mostrar con solvencia lo mejor de nuestro patrimonio aguilarense a cientos de visitantes en los últimos treinta años (qué poco se nos ha agradecido a los que con el mayor de los cariños y profesionalidad hemos “vendido” nuestro pueblo). Entre medias innumerables iglesias vistas, miles de monumentos disfrutados, infinidad de cuadros y esculturas admiradas, museos, centros culturales y algunos textos leídos.
He cometido numerosos errores en mi vida, quizás demasiados, pero estoy convencido de que la elección de esa opción universitaria no solo no lo fue, sino todo lo contrario: se convirtió en uno de mis mayores aciertos por lo mucho que he aprendido y, sobre todo, he disfrutado. Y eso que muchas personas me han dicho que qué lástima haber estudiado una carrera para nada, o peor aún, para hacer lo que estoy haciendo ya que para este viaje no se necesitaban alforjas. Lo tienen muy claro: si no estoy dando clases en un instituto, he fracasado.
En fin, acabo estas reflexiones deseando unas muy felices fiestas a quienes nos leen y mucha, mucha salud, probablemente el bien más preciado en estos tiempos de zozobra.

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