Diego Igeño
Cuando daba el último repaso a mi colaboración semanal en Aguilar Digital, me veo sorprendido por la triste noticia del fallecimiento a los 85 años de edad de Evaristo Pérez Prieto, don Evaristo, maestro con el que se formaron varias generaciones de aguilarenses. Con él desaparece uno de los representantes de esa pléyade forjada en el Magisterio de los años 50 y 60 cuando del docente, sobre todo del rural, se esperaba que tuviera unos vastos conocimientos en prácticamente todas las ramas del saber, pues tenía que estar preparado para resolver las dudas no sólo del alumnado, sino también de la propia comunidad en la que impartía sus enseñanzas. Alejados de la hiper-especialización actual, eso les llevaba a tener una amplia cultura que les convertía en claro referente y faro que iluminaba los pueblos a los que iban destinados.
En una España difícil, donde las tasas de analfabetismo eran altísimas, colaboró durante varios años de la década de los sesenta en la campaña de alfabetización que trataba de dotar de las mínimas herramientas a muchos adultos que habían tenido que abandonar su formación durante su niñez. Con nombres como Manuel Arjona, Rafael Albás, Francisco Toro, Francisco Zurera o Ana Pérez ayudó en esa loable misión que permitió que muchos se labrasen un futuro mejor, superando, y transcribo lo que se recogió en un acta conservada en el Archivo Municipal del 1 de julio de 1965, “unas necesidades económicas de por sí acuciantes”.
Conocí a don Evaristo no como alumno, sino como amigo. Por mediación de mi hermana, su compañera en el Colegio Carmen Romero, recurrí a él para que me ayudara a realizar un trabajo durante mi trayectoria universitaria: trazar la planta de la iglesia de las Descalzas. Ya sabía yo que era un manitas capaz de enfrentarse a ese reto con mucha más solvencia que yo. Lo que entonces sí descubrí fue a una persona paciente, de una amabilidad extrema y con un sexto sentido innato para transmitir cercanía y erudición. Esa habilidad manual la desarrolló, entre otros proyectos, en la elaboración de maquetas. Con su generosidad habitual, la que realizó de la Plaza de San José la cedió amablemente al Ayuntamiento, donde puede ser contemplada en toda su magnificencia por quien lo desee.
Don Evaristo se implicó, como no podía ser de otro modo, en el bienestar cultural de Aguilar. Formó parte de una asociación ya mítica de nuestro tejido participativo, la Ipagro, de la que nació una de las actividades más imaginativas habidas en el pueblo: el “Certamen de Cine Amateur”. También estuvo en el Centro Filarmónico donde su carácter metódico y minucioso se traducía en una perfecta organización de las partituras.
Termino esta breve crónica-homenaje lamentando su pérdida y enviando mi más sentido pésame a su viuda, Gloria, y a sus hijos. Descanse en paz Don Evaristo.

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