Diego Igeño
Muchos de los que tienen la amabilidad de leer estas torpes palabras mías, me comentan que destilan pesimismo en todas sus letras. Los que tienen más cercanía a mi incluso me dicen “anímate hombre”. Y el primer sorprendido he resultado ser yo mismo. No era consciente de esa negatividad que comunicaba. Se ve que era mi subconsciente el que filtraba un estado de ánimo que se me escapaba. Todo ello me ha hecho reflexionar al respecto, mirar a mi alrededor y también en mi interior. Y lo que he visto no hace sino confirmar el diagnóstico de los lectores.
Hace tiempo aventuré una afirmación que parece se va a ver corroborada. Decía yo que nuestra vida tenía trazas de ser inversa a la de nuestros padres. Ellos vivieron unos primeros años dramáticos marcados por la guerra y la posguerra y una vejez apacible con un cierto nivel de bienestar y la deseada tranquilidad. Nosotros por contra tuvimos una infancia, adolescencia y varios lustros de adultez plácidos, pero vamos camino de sufrir unas próximas fechas muy convulsas que trastornen nuestra ancianidad. Las causas son evidentes, ya las he comentado en alguna ocasión: la crisis económica de hace más de una década, nunca definitivamente superada, la climática (ahora vivimos un aperitivo con este atípico invierno seco y templado que pronto se nos va y la calima que ha coloreado casas, calles y coches) y la sanitaria. Sólo nos faltaba una guerra mundial que ya tenemos a la vuelta de la esquina y que podría acabar con toda la humanidad. Pero aunque eso no ocurriera, ya asistimos a una catástrofe humanitaria con cientos de miles de refugiados, varios miles de muertos y una nueva sacudida económica que afectará a los de siempre. En este sentido, se me antoja parafrasear la frase unamuniana universalizándola y exclamar en voz alta: “Me duele el planeta”.
Con todos estos condicionantes, ¿hay motivos para ser optimistas?, ¿no nos damos cuenta de en manos de qué locos perversos está nuestro futuro? No quiero regodearme en visiones apocalípticas pero hay trazas de que haberlas las habrá. Además, entiendo que haya otras personas que ante las mismas situaciones construyan reacciones menos tétricas, menos distópicas, pero qué puedo hacer si en esta vida el compañero de viaje que siempre me acompaña soy yo mismo. Francamente, no estoy para alegrías y eso que no paro de repetirme a modo de mantra el conocidísimo “always look on the bright side of life” de los Monty Python, pero ni por esas. Al menos, aún no me ha dado por acaparar papel higiénico y aceite de girasol, algo es algo.
P.D. No puedo dejarme dentro una reflexión que me inflama el ánimo. Con todos los respetos del mundo, ¿por qué existen refugiados de dos categorías? A unos se les facilita todo, a otros se les detiene y expulsa. ¡Qué sociedad tan hipócrita!

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